miércoles, 28 de noviembre de 2018

La música tradicional cubana

La música en Cuba constituye una síntesis compleja de influencias que incluyen no sólo la música española y africana, sino también los estilos regionales e internacionales de una gama que abarca las fuentes clásicas, folklóricas y comerciales. Esto se hace especialmente patente en la música popular. Cuba ha existido como una entidad política desde hace 500 años aproximadamente; ha desarrollado muchos géneros que atestiguan una historia cultural única. Cuba está lejos de una homogeneidad y muchas formas culturales han logrado popularidad tan sólo en segmentos muy concretos de la población. Los géneros musicales asociados con el culto religioso afrocubano, por ejemplo, nunca se han interpretado de manera sistemática en los medios de comunicación, de hecho, no se los considera como música e incluso resultan ofensivos para algunos oyentes. Esta actitud despectiva parece mucho más común entre los cubanos blancos, algunos de los cuales continúan asociando las expresiones derivadas de la influencia africana con la pobreza, la ignorancia y la superstición. En lugar de concebir la música cubana como una entidad independiente y monolítica, resulta de más ayuda verla como un conglomerado de distintos estilos y tendencias que se han alimentado los unos a los otros a lo largo del tiempo.

1. Tradiciones locales

(i) De los amerindios
Los primeros habitantes de Cuba que se conocen fueron grupos de siboney y arahuacos que vivieron en la isla durante la época de la conquista española. Lo poco que se conoce de sus prácticas musicales es a través de los relatos de viajeros como Bartolomé de las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo. Los instrumentos empleados por los nativos incluían el mayohuacán, que era un tronco hueco por dentro con una rendija, muy similar al teponaztle azteca; unas trompetas hechas de madera o de conchas, que más adelante se conocerían como guamos o cobos; flautas; y sonajeros de madera muy similares a las maracas. Hoy en día, las maracas parecen ser el único instrumento que se utiliza en Cuba que podría derivar del pasado indígena.

Una de las más importantes formas de expresión de los Siboney era el areíto, una ceremonia religiosa en la que la música, el baile, fumar tabaco y el consumo de bebidas alcohólicas eran el eje central. No existen fuentes fidedignas que documenten los movimientos del baile del areíto, pero parece que utilizaba la formación en corro y parte del baile implicaba la imitación. La canción responsorial era un elemento crucial en la ceremonia y estaba encabezada por el tequina o un músico especialista elegido por la tribu. Los oficiales colonos prohibieron el areíto en 1512; esto, combinado con la naturaleza brutal de la conquista en el Caribe y que la población indígena fue diezmada, llevó a la desaparición de su actividad.

(ii) De influencia ibérica
Estas tradiciones musicales, las de influencia ibérica, existieron en Cuba desde los primeros días de la conquista. Mientras que la mayoría de los géneros nacionales muestran una lejana influencia de España, el punto y la décima son sus parientes más cercanos. Estas formas de expresión, conocidas vagamente como música guajira (música de las zonas rurales), echaron raíces durante el siglo XX gracias a las subvenciones del gobierno a la inmigración desde las Islas Canarias en 1910 y 1920.

La guajira es un tipo de canción narrativa de Cuba. Derivó de las tradiciones rurales del pueblo, y fue muy popular en áreas rurales y urbanas a finales del siglo XX como género musical popular de gran importancia, como parte de lo que se denominó canción cubana. Se caracteriza por sus décimas improvisadas (un tipo de verso octosilábico). Las décimas, que a menudo hablan en sus textos sobre la propia región o sobre temas amorosos, usan de manera característica el doble sentido con una clara intención humorística. La guajira se divide en dos partes: la primera está compuesta en un modo menor y la segunda en modo mayor. Se acompaña normalmente con varias guitarras cubanas (que realizan una estricta secuencia armónica de tónica-dominante), además de la bandurria y las claves. Es muy típica la hemiolia vertical, en la que se alternan los compases de 3/4 y de 6/8 y sus melodías se encuentran en un registro agudo. También puede llegar a utilizar la estructura del punto guajiro, que usa tanto un patrón fijo como libre. Cuando utiliza el patrón fijo, el acompañamiento lo realizan la guitarra o el laúd; cuando utiliza un patrón libre, la parte cantada se hace sin acompañamiento. El género, que forma parte del repertorio de los músicos urbanos y tradicionales, influyó en la génesis del son. Muchos cantantes como Carlos Puebla, que escribió guajiras revolucionarias, y Célina González, la reina de la música popular de Cuba, contribuyeron a popularizar la guajira en Cuba.

El punto y la décima son, en su origen, música tradicionalmente pensada para ser cantada y para instrumentos de cuerda. Se emplea el laúd, el tres y la bandurria (variantes de instrumentos españoles desarrollados en Cuba), así como la guitarra y las maracas u otro tipo de percusión de manos. Estrictamente hablando, "punto" es un término usado para describir la música instrumental que normalmente acompaña a una canción. Por el contrario, "décima" se refiere a la forma poética asociada más comúnmente a la música guajira. Se puede componer a priori o se puede improvisar de manera espontánea. La forma de la décima se desarrolló por primera vez en la Península Ibérica durante la Edad Media. Consta de diez versos octosílabos con la espinela, cuya rima es ABBAACCDDC. Las melodías asociadas a la música guajira están estilizadas y utilizan formulismos. La importancia recae especialmente sobre el texto, mientras que la música ayuda a potenciar el significado del texto. El punto y la décima han dejado de ser populares, especialmente entre los jóvenes, que los consideran pasados de moda. Sin embargo, los espectáculos de televisión y radio continúan difundiéndolos.

Uno de los aspectos más emocionantes de la interpretación improvisada de la décima es el hecho de que a menudo se desarrolla dentro del contexto de las controversias o duelos de canciones poéticas entre dos participantes. Se exige que los improvisadores de la décima respondan rápidamente a los retos de su oponente y cantar sus propias respuestas dentro de unas convenciones métricas estrictas. El romance o balada lírica también existe en Cuba, así como otros géneros ibéricos.

(iii) De influencia afrocubana
Utilizando la terminología del autor Miguel Barnet, la música y la danza presentes en las ceremonias de santería se pueden considerar como la "fuente viva" de mucha de la cultura de Cuba. Como en el caso del góspel de los negros de América del norte, la música sacra de la santería nunca ha gozado de una popularidad comercial (aunque esto está cambiando), pese a que ha sido de importancia fundamental para desarrollar la mayoría de la música popular cubana y para fortalecer los elementos culturales africanos. Como fusión que mezcla las creencias de los yoruba con elementos del catolicismo, la santería es una de las religiones afrocubanas más extensas que incluyen el arará y el palo monte (procedentes, respectivamente, de los ewé y de los grupos étnicos del Congo), así como los rituales de espiritismo y de abakuá. Toda la devoción religiosa afrocubana engloba la música y la danza: los orichasò (las deidades antiguas) sólo se pueden invocar y adorar a través de la interpretación de canciones dedicadas a ellos.


Los diversos tipos de música están asociados a las religiones afrocubanas. Estas incluyen ceremonias privadas para los no iniciados en los que predominan la percusión del batá y el canto, así como en ceremonias menos privadas es más típico usar un ekón (una campana) y una o más tumbadoras (o congas) sin consagrar, a veces junto con chéqueres (una calabaza seca rellena de abalorios que se agita) o incluso violines. El batá, tal vez uno de los instrumentos mejor conocidos de la santería, consta de un conjunto de tres tambores de diferentes tamaños con forma de reloj de arena. Los nombres más comunes que se les dan a estos tambores, del más grande al más pequeño, son iyá, itótele y okónkolo. Los tambores batá se consideran sagrados y se cree que contienen la fuerza espiritual (añá) que facilita la comunicación religiosa.

La devoción religiosa afrocubana incluye, en cualquier tipo de ceremonia yoruba, la interpretación del orus, que son secuencias estrictamente ordenadas de ritmos y canciones dedicadas a los orichas. Los solistas, denominados akpwon, dirigen el canto mientras un coro de iniciados le responde. Los cantantes principales y los miembros del coro pueden ser tanto hombres como mujeres; las mujeres, sin embargo, constituyen la mayoría en los ritos de santería. Las características musicales de la música tradicional afrocubana, tanto sacra como secular, incluyen el predominio de la voz y los instrumentos de percusión; segmentos musicales cíclicos y que se repiten para proveer de una textura musical de fondo; polirritmias complejas; canto responsorial; melodías pentatónicas descendentes; y una tendencia a que algunos instrumentos interpreten figuraciones invariables, estáticos mientras otros improvisan.

La rumba afrocubana suena muy parecida a la música de las ceremonias de santería, ya que la rumba incorpora muchos de los instrumentos usados en estos ritos religiosos. La rumba es, sin embargo, eminentemente secular. Se desarrolló en zonas de La Habana y de Matanzas y se dice que sus ritmos son de origen bantú. Existen géneros similares (como la tumba francesa de la provincia de Oriente) en otras zonas. Como en el caso del batá, los intérpretes de la rumba (tradicionalmente hombres) emplean a menudo tres tambores: la conga, tumbadora, quinto o salidor (ordenados de mayor a menor tamaño y, por tanto, de más a menos grave), así como las claves y los palitos o cáscara. La rumba también se puede interpretar con los cajones u otros instrumentos en lugar de los tambores. A diferencia de lo que ocurre en el batá, los tambores de sonido más agudo son los que improvisan, mientras que los tambores de sonido más grave junto con las claves y  la cáscara, son los que crean una textura musical de fondo.


En la literatura se mencionan varios géneros precursores
(como por ejemplo, la tahona, el papalote, la yuka y la calinda) y, además, están surgiendo constantemente nuevas formas. Hoy en día podemos encontrar tres principales subgéneros: el yambú, el guaguancó y la columbia, cada uno de ellos asociado a  distintos ritmos y pasos. El yambú y el guaguancó son bailes hermanos. El yambú, una forma primitiva, se interpreta dentro de un tempo lento y utiliza gestos de imitación característicos de la rumba del siglo XIX (rumba del tiempo de España). Se trata de un baile por parejas, de ritmo lento, cadenciosos y de movimientos elegantes. Es una danza de seducción, pero no de tipo violento.


El guaguancó, probablemente su variante más conocida, ha inspirado muchos bailes de carácter comercial en el ámbito de los cabarets y los teatros. La coreografía sugiere de manera estilizada la posesión sexual mediante los movimientos pélvicos de un bailarín (denominado "vacunao") al mismo tiempo que una bailarina (botao) se cubre sus ingles.


La columbia es un baile solista ejecutado por un hombre; es una baile rápido y que exige gran virtuosismo y que está asociado con las sociedades secretas (los grupos abakuá o ñáñigo, una tradición que deriva de la cultura Efix?). Es un tipo de baile en el que el toque de los tambores es bastante rápido, lo que incita un baile enérgico. Hay un cantor denominado gallo que es quien improvisa décimas o cuartetas octosilábicas y un coro que le responde. El gallo pronuncia unas sílabas sin sentido a modo de introducción y el bailador, un hombre, empieza a bailar; al terminar invita a otro a que continúe.


La música de comparsa (o conga) representa otro género afrocubano que ha tenido un gran impacto sobre las tradiciones nacionales. Las comparsas, que son grupos compuestos fundamentalmente por músicos callejeros afrocubanos que interpretan en las calles, se desarrollaron alrededor de principios del siglo XX. Derivaron de los grupos de esclavos y negros libres del siglo XIX a los que se les había permitido interpretar la música del tango congo en público durante la Epifanía. Este acto se celebraba específicamente para los negros cubanos, a los que a menudo no se les permitía participar en el Carnaval. Al finalizar la Guerra de Independencia (1898), el Carnaval se convirtió finalmente en un acto que integraba todas las etnias. Sin embargo, las controversias se mantuvieron durante muchos años y se desplazó la participación de las bandas en el Carnaval desde 1914 hasta 1936.

Mientras que durante el siglo XIX el cabildo tendía a organizar las comparsas, en el siglo XX han sido los distritos de las ciudades los que las han ido organizando. Los barrios con comparsas especialmente conocidas en La habana incluyen el barrio de Belén, Atarés, Jesús María y Cayo Hueso. Cada comparsa tiene su propia canción, su propio baile y sus propios trajes. A menudo, los instrumentos se fabrican en casa por sus propios integrantes o bien se improvisan utilizando materiales reciclados. Entre ellos se incluyen tambores hechos con tablas de madera de diversos tamaños y formas, campanas, sartenes, neumáticos, trompetas y otros instrumentos de metal, así como la corneta china (un aerófono de lengüeta doble que llegó a Cuba gracias a lacayos chinos). A lo largo de los años 40 del siglo XX, fue habitual que los políticos cubanos contrataran comparsas como un intento para atraer el voto de los negros. Las bandas de baile de salón inspiradas en las comparsas alcanzaron una gran popularidad en Cuba y en el extranjero en los años 30 del siglo XX.

Véase también La música yoruba.

2. Géneros populares

(i) La música de salón
Los bailes de salón europeos se han bailado en Cuba durante siglos (como por ejemplo, el minué, la gavota, la cuadrilla y el vals) y a lo largo de los años se han ido combinando con las influencias afrocubanas para originar nuevos estilos. Entre los primeros bailes sincréticos que ganaron popularidad a principios del siglo XIX estaba la contradanza y la danza, fusiones que procedían fundamentalmente de formas musicales europeas con un ligero acompañamiento de percusión y que utilizaban un acompañamiento de patrón isorrítmico traído a Cuba gracias a los refugiados haitianos que llegaron a partir de 1790. Este patrón se conoce como el cinquillo. La creciente popularidad de la contradanza y la danza se topó con una fuerte oposición por parte de las clases medias, que hablaban del cinquillo como si fuera un "africanismo salvaje". El danzón, sucesor directo de estos géneros, encontró también una oposición similar unas décadas más tarde. Considerado por muchos como la primera forma ampliamente popular de la música nacional, encontró una gran difusión entre los negros y los mulatos de las clases medias de la provincia de Matanzas a partir de 1870. El director Miguel Faílde (1852-1921) es recordado como uno de sus principales innovadores.


Se trata de un baile de salón que se baila en pareja; utiliza la forma rondó y derivó de las tradiciones de la contradanza y la habanera del siglo XIX, consideradas como parte del florecimiento del nacionalismo musical cubano en el último período colonial. Cuando la dominación española fue reemplazada por la estadounidense, muchos compositores reaccionaron volviendo a las fuentes artísticas no europeas, en su mayoría de origen africano. Pronto emergió un afrocubanismo de carácter refinado, cuyos máximos exponentes serían Amadeo Roldán (1900-39) y Alejandro García (1906-40). El danzón cubano se desarrolló en parte gracias a la contradanza francesa, que llegó a la isla desde Haití, evolucionando la danza en formas de danzonete. Los danzones se escriben en compás de 2/4, aunque es más lento, más cadencioso y variado que otros géneros con los que está relacionado. Su inclusión dentro del repertorio de la charanga urbana y las orquestas típicas dieron como un resultado un enorme contraste entre la primera y la segunda parte de su estructura binaria. Uno de los primeros ejemplos es la obra Las alturas de Simpson de Miguel Faílde, que se estrenó en Matanzas en 1879. En el siglo XX, el danzón interactuó con otros géneros cubanos, alimentando al son, y ayudando a que se desarrollaran el mambo y el chachachá. El baile es extremadamente formal con el juego de piernas bailando en ritmos sincopados, con pausas elegantes en el momento en que la pareja permanece de pie mientras escucha la sección instrumental. A finales del siglo XX, se seguía bailando en Cuba y México, aunque por las generaciones más adultas; también formó parte del repertorio de varios músicos y orquestas populares, que siguieron componiendo nuevas obras.

Los danzones fueron considerados controvertidos durante muchos años por utilizar el patrón rítmico del cinquillo, por estar interpretados fundamentalmente por músicos afrocubanos y por incorporar el baile en pareja, que por aquel entonces era una práctica totalmente nueva en Cuba y se la consideraba inmoral. A nivel musical, existe muy poca diferencia entre el danzón, la contradanza y la danza; su peculiaridad yace fundamentalmente en su compleja coreografía, que incluye un número considerable de diferentes pasos: el paseo, la cadena, el sostenido y el cedazo. La estructura más típica del danzón es la del rondó (ABACAD). Su popularidad está estrechamente relacionada con la Guerra de Independencia de Cuba y el sentimiento nacionalista generado durante la lucha por la independencia contra España. El danzonete y el chachachá del siglo XX son fusiones del danzón con influencias del son. Los conjuntos instrumentales que interpretaban la música de salón durante mediados del siglo XIX se denominaban orquestas típicas. Entre sus instrumentos se incluían el güiro, el timbal (derivado de los tambores de las bandas militares españolas), el clarinete, la corneta, el trombón, el fagot y la tuba. Con el cambio de siglo, la flauta, el piano, el contrabajo y los violines sustituyeron a los instrumentos de viento antes mencionados.


(ii) Teatro blackface
Este tipo de espectáculo recibió diversos nombres: teatro bufo, teatro criollo, teatro vernáculo o teatro de variedades. El teatro blackface tuvo un amplio desarrollo a partir de formas teatrales españolas como la tonadilla y otro tipo de espectáculos de América del norte. Aunque no hay estudios en profundidad sobre la materia, los espectáculos de blackface llegaron a constituir una de las formas más populares de entretenimiento desde 1860 hasta, por lo menos, los años 20 del siglo XX. Casi de forma invariable, la interacción entre los personajes en la escena tenía lugar en barrios obreros o en solares. Los personajes más habituales incluían al "negrito", a la mulata y al gallego, por lo general, un comerciante o un hombre de negocios. Las parodias de los géneros tradicionales afrocubanos (la rumba, la comparsa, el son y la guaracha) interpretados por conjuntos orquestales, representaban el pilar fundamental del acompañamiento musical. La corneta, el violín, el piano y el timbal se encontraban entre los instrumentos que se utilizaban habitualmente.

Guaracha perteneciente al álbum Flores de España, recopilación hecha por Isidoro Hernández

Guaracha perteneciente al álbum Flores de España, recopilación hecha por Isidoro Hernández
La guaracha es un tipo de canción afrocubana con un compás binario y que se basa en el ritmo de habanera que evolucionó como un sustituto de la tonadilla escénica en los teatros populares del siglo XIX. Un cantante solista pronuncia sus coplas, que son de carácter vívido y satírico, mientras el coro responde un estribillo con su respectiva melodía. El acompañamiento instrumental muestra la fuerte influencia rítmica de la habanera y utiliza la guitarra, el tres (pequeña guitarra con tres cuerdas dobles) y el güiro.

(iii) El género de las canciones sentimentales
Como en otros países latinoamericanos, en Cuba, una cantidad relevante de la música popular está constituida por canciones sentimentales de tempo lento en lugar de música de danza. Los géneros sentimentales incluyen la canción, el bolero y la trova tradicional (denominada también vieja trova). Se caracterizan por sus armonías cromáticas, por utilizar un compás binario, por sus influencias estilísticas tomadas del Lied alemán o de la ópera italiana y sus textos aluden al amor o a las relaciones amorosas. Un número considerable de habaneras del cambio de siglo también son canciones amatorias, aunque en su origen, el género se pensó para ser bailado. La tradición cubana de la vieja trova es de particular interés, ya que, en su origen, estaba ejecutada por negros y mulatos de la clase obrera de Santiago de Cuba que, pese a no tener formación, demostraron tener una gran habilidad musical en sus composiciones.

Las influencias de la ópera se hicieron patentes también en muchas zarzuelas que ganaron especial popularidad con el cambio de siglo y se representaron con asiduidad. Las zarzuelas cubanas derivaban del género español del mismo nombre pero sus tramas estaban basadas en argumentos e historias propias de Cuba. Las obras solían estar ambientadas en el siglo XIX y trataban sobre dos pretendientes, uno blanco y uno negro, que competían por ganarse el amor de una mulata. El culmen de su popularidad llegó sobre los años 20-30 del siglo XX, durante un movimiento que se dio al mismo tiempo (y también muy similar) que el Renacimiento de Harlem y que se conoció como afrocubanismo. Entre los compositores más famosos de zarzuela cubana encontramos nombres como Ernesto Lecuona, Jaime Prats y Gonzalo Roig.

(iv) El son
El son cubano (que no se debe confundir con el son mexicano) y la música de salsa que derivó del son constituyen una de las formas más importantes de la música caribeña del siglo XX. El alcance de su influencia internacional rivaliza con el reggae, el blues y el rock. Los sones tiene un alto grado de sincretismo y representan una fusión de la cultura africana con la hispánica. En los años 20 del siglo XX, se convirtieron en un importante símbolo de identidad nacional en Cuba, aunque en un principio nacieron como un tipo de música regional en la provincia de Oriente. Es difícil tratar de definir el son de manera precisa, ya que existen diversas subclasificaciones (son montuno, changüí, sucu-sucu, guaracha, conjunto y mambo), así como formas híbridas que fusionan las características del son con otras músicas (son-guajira, son-pregón, guaracha-son y afro-son). A nivel estructural, los sones tradicionales suelen utilizar un compás binario, basado en un simple patrón armónico (I-V, I-IV-V). También es frecuente incluir entre las repeticiones estróficas segmentos instrumentales breves interpretados con el tres o con la trompeta. El montuno, la sección final de la mayoría de los sones, se interpreta a un tempo más rápido y en esta sección se alternan un coro y un solista vocal o instrumental que improvisa. Las frases de esta sección se denominan inspiraciones. La naturaleza cíclica, antifonal y de alto carácter improvisatorio del montuno mantiene una enorme similitud con la organización formal de mucha música tradicional del África occidental, mientras que las secciones estróficas iniciales de los sones (conocidas como cato o tema) están más próximas a la música europea.


Los sones emplean varios instrumentos, entre ellos el tres, la guitarra y las maracas. Las bandas de baile modernas usan a menudo un bajo eléctrico, sustituyendo el teclado eléctrico por una guitarra y el tres y añaden tumbadoras y timbales así como una sección de viento metal. Las letras de los sones utilizan formas derivadas de la poesía europea como las coplas, las cuartetas y las décimas. Entre las características musicales más distintivas del género encontramos un patrón que utiliza una gran cantidad de ritmos sincopados interpretados por el tres y/o un teclado que esboza la estructura armónica de la obra, una tendencia de la guitarra y el bongo a enfatizar la cuarta parte del compás sobre la primera y un bajo rítmico que acentúa la segunda mitad de la segunda parte y la cuarta parte del compas. El patrón del bajo sincopado del son, así como su ambiguo patrón de acentos ha sido fundamental para crear la salsa moderna.


A excepción de algunos tipos de música guajira, de las canciones, de la trova tradicional y de los boleros, toda la música cubana contiene un ritmo que se repite, conocido como "clave" y que provee de una base rítmica a la pieza. El término "clave" puede llevar a error, ya que puede referirse tanto a la diversidad de ritmos característicos como al instrumento del mismo nombre que se utiliza para interpretar los ritmos "clave". Los patrones "clave" del repertorio religioso afrocubano, interpretados a menudo en una campana u otro objeto metálico, suelen utilizar un compás de 6/8, mientras que los géneros seculares utilizan con mayor frecuencia el 2/4.


El mambo es un baile de salón derivado de la rumba cubana. A mediados de los años 40 del siglo XX, apareció en los salones cubanos y adquirió elementos del swing y de otros estilos del jazz. Se conoció en los EE. UU. particularmente a través de la banda de Pérez Prado, que hizo giras por América a finales de los 40; sus grabaciones fueron populares primero entre los hispanohablantes de EE. UU., y sus canciones (como por ejemplo Qué rico el mambo) se interpretaron alrededor del país a principios de los 50. Después de 1955 el mambo se extendió por Europa occidental. Se baila por parejas, tanto completamente separados como en un salón de baile abrazados pero ligeramente separados, con movimientos de cadera similares al de la rumba, pero con pasos hacia adelante y hacia atrás. A diferencia de la mayoría de las danzas, los pasos comienzan en la cuarta parte (en un compás de 4/4), con polirritmias en el acompañamiento acentuadas con las maracas y los claves. El mambo ha dado lugar a otros bailes latinoamericanos, como el chachachá. En la salsa, el término también se utiliza para referirse a la entrada de los metales de la sección que se conoce como montuno.

Enlaces de interés

http://www.museomusica.cult.cu/
El cancionero cubano, recopilación de Isidoro Hernández

Bibliografía
A.O. Hallorans: Guarachas cubanas: curiosa recopilación desde las más antiguas hasta las más modernas (Havana, 1882, 2/1963)

E. Grenet, ed.: Popular Cuban Music: 80 Revised and Corrected Compositions Together with an Essay on the Evolution of Music in Cuba (Havana, 1939)

O. Castillo Faílde: Miguel Faílde, creador musical del danzón (Havana, 1964)

M.T. Linares: Introducción a Cuba: la música popular (Havana, 1970)

J.S. Roberts: The Latin Tinge: the Impact of Latin American Music on the United States (New York, 1979)

C.M. Rondón: El libro de la salsa (Caracas, 1980)

J. Gómez, ed.: Canciones de la nueva trova (Havana, 1981)

N. Galán: Cuba y sus sones (Valencia, 1983)

S. Feijóo: El son cubano: poesía general (Havana, 1986)

B. Collazo: La última noche que pasé contigo (Puerto Rico, 1987)

A. Martínez Malo: Rita la única (Havana, 1988)

O. Martínez: Ernesto Lecuona (Havana, 1989)

V. Aguilar: Muy personal: Pablo Milanés (Mexico, 1990)

C. de León: Sindo Garay: memorias de un trovador (Havana, 1990)

J. Robbins: Making Popular Music in Cuba: a Study of the Cuban Institutions of Musical Production and the Musical Life of Santiago de Cuba (diss., U. of Illinois at Urbana, 1990)

R. Mauleón: Salsa Guidebook for Piano and Ensemble (Petaluma, CA, 1993)

Y. Daniel: Rumba: Dance and Social Change in Contemporary Cuba (Bloomington, IN, 1995)

C. Díaz Pérez: Silvio Rodríguez: hay quien precisa (Madrid, 1995)

R. Giró, ed.: Panorama de la música popular cubana (Cali, 1995)

C. de León: Ernesto Lecuona: el maestro (Madrid, 1995)

S. Rodríguez: Canciones del mar (Madrid, 1995)

R. Moore: Nationalizing Blackness: Afrocubanismo and Artistic Revolution in Havana, 1925–40 (Pittsburgh, 1997) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario