miércoles, 19 de septiembre de 2018

El oficio del musicólogo

La siguiente entrada es una traducción del texto Il mestiere del musicologo de Margaret Bent, un texto que explica de forma amplia qué es un musicólogo y cuál es su papel en la sociedad, así como un panorama de la disciplina de la musicología en las universidades. A través de una panorámica histórica, Bent explica qué ha sido la musicología, qué es y qué será mediante una perspectiva de sus diversos campos de estudio. Este texto es particularmente interesante para aquellas personas que quieran cometer el error de estudiar musicología sin saber exactamente en qué consiste la musicología.

1. ¿Qué es la musicología?
Gran parte de los artículos de esta enciclopedia han sido escritos por personas que se definen como musicólogos. El abanico de competencias es bastante amplio, al menos en lo que se refiere a esta enciclopedia. Pero, ¿por qué "musicología"? La música es, en efecto, la única de las bellas artes que ha adoptado  el sufijo "-logía" para la doctrina asociada a ella (tanto en inglés como en la mayor parte de las lenguas europeas), tal vez como un síntoma de la necesidad de invocar legitimidad académica y respeto por parte de una nueva disciplina. Este sufijo lo utilizaron los autores americanos después de la I Guerra Mundial a partir del término francés de finales del siglo XVIII musicologie que, a su vez, es una adaptación del término alemán Musikwissenschaft, que no tiene equivalente en inglés. La historia de la música (Musikgeschichte o Music history) se puede considerar sólo una de las ramas de las que se compone el estudio científico de la música (entendiendo el término alemán Wissenschaft más como una "erudición" que como una "ciencia exacta"). Musikwissenschaft y Musikforschung se constituyen como los términos en alemán más comunes en el campo de la cultura musical, mientras que muchos otros idiomas han adoptado términos como musicologia, musicologie o musicology. La musicología aspira a englobar no sólo los aspectos diacrónicos de la historia de la música, que han sido los dominantes lo largo del siglo pasado, sino también otros elementos de la doctrina sincrónica, los estudios técnicos y la "musicología sistemática". Muchas de estas últimas ramas han desarrollado asociaciones y culturas especializadas propias, congresos y revistas, como por ejemplo sociedades para la teoría musical, el análisis, la etnomusicología, la organología (los instrumentos musicales), la música popular, la praxis y la historia interpretativa, así como diferentes intereses cronológicos, geográficos y culturales. Todas ellas encuentran un sitio en la compleja definición adoptada en el programa de la American Musicological Society (1934), que se empeñaba en el "progreso de la búsqueda en varios campos de la música, entendida como un abismo del saber y de la erudición."

El campo de la musicología, etiquetada y dotada de forma consciente con una noción de profesionalidad propia, sólo tiene poco más de un siglo de vida y es, en gran medida, un fenómeno del siglo XIX. ¿Qué es lo que la distingue, entonces, de la actividad precedente? En efecto, muchos de aquellos trabajos del pasado son parte de una tradición que continúa a día de hoy; la principal diferencia está en el paso de una concepción de la música como una parte de la filosofía o como una sucursal de la historia del arte (cultivada por músicos de oficio, amantes de la música o profesionales de otros sectores como historiadores del arte, juristas, filólogos, médicos, funcionarios públicos y eclesiásticos) a una condición de disciplina científica autónoma emancipada de la condición amateur, con programas específicos, con una identidad profesional propia y sus propios criterios. Esto ha generado ciertos problemas: se ha advertido un violenta reacción contra la profesionalización de la disciplina, tanto por parte de los melómanos como de los intérpretes, que se resisten a usar cualquier discurso técnico en la música. Habrá siempre una necesidad de escritos explicativos sobre las bellas artes, algunos de los cuales, especialmente en el caso de la música, pueden circular con más eficacia entre los no especialistas. Esto es particularmente cierto hoy en día, cuando una serie de conflictos e identidades sociales diferenciadas (fenómenos nacidos más o menos con la propia musicología) han extendido los ámbitos de esta última más allá de la música culta europea, que constituía en un tiempo su principal objeto de estudio. Puede que la musicología sea un campo relativamente reciente, pero está conociendo un rápido desarrollo. El ámbito y el peso relativo de los temas que se tratan en la presente enciclopedia difieren además de cuanto se encuentra en las diversas ediciones del Grove's Dictionary of Music o en Die Musik Geschichte und Gegenwart, que ya va por su segunda edición. En los últimos años, el papel de las músicas populares y de tradición oral o de ciencias como la psicología han transformado completamente la organización de la musicología con respecto a la visibilidad social de la disciplina y con la descripción que de ella se podía dar hace tan sólo medio siglo.

2. El estudio científico de la música a través de la historia.

La música, la aritmética, la geometría y la astronomía eran las disciplinas del quadrivium en la antigüedad y en la Edad Media; el quadrivium, junto con el trivium, que englobaba la gramática, la retórica y la dialéctica, constituían las siete artes liberales, el fundamento de la educación desde Boecio (480-524) en adelante. La música era considerada una de las artes matemáticas y tenía poco que hacer con el objetivo final de la interpretación sonora, hoy en día considerada comúnmente la razón de ser del estudio musical, a la que a menudo está subordinado. En efecto, en la Baja Edad Media, la palabra musica no se refería a la música práctica, sino a una ciencia o teoría abstracta más bien lejos de la verdadera música tal y como hoy la entendemos (con la particular excepción del tratado de Boecio De institutione musica, donde la música práctica se indicaba con otros términos, como por ejemplo cantus.) El musicus gozaba de un estatus superior con respecto al simple cantor; de la misma manera que el estatus del cantor aumentaba en la medida en que era también musicus.

Gran parte de la música culta y algunas tradiciones artísticas orales de todo el mundo venían acompañadas en la antigüedad de una tradición teórica escrita. Los autores antiguos o medievales compilaron tratados especulativos sobre la música como manifestación sonora del número, sobre la medida de los intervalos, sobre el poder de la música y sus efectos estéticos y morales o sobre la teoría del sonido como fenómeno natural y cósmico. Los tratados técnicos que hablan sobre varios aspectos de la organización del sonido en base a la altura y a la duración en el tiempo como construcción humana, o sobre la fabricación de los instrumentos, preceden a la idea de la musicología como disciplina con un programa propio, si bien se pueden considerar también dentro de una línea de continuidad con respecto a la musicología.

A través de los siglos, y con algunas excepciones significativas, el principal objeto de la literatura teórico-erudita en torno a lo que nosotros definimos como "música" se centraba sobre la producción presente y del pasado reciente, en relación a los principios físicos y teológicos subyacentes. Entorno al 1470, Tinctoris afirmaba que sólo la música de los últimos 40 años era digna de atención por parte de los músicos modernos y, en general, hasta el redescubrimiento en el siglo XIX, la mayor parte de las composiciones que se interpretaban eran obras compuestas por compositores de una o dos generaciones atrás. En al menos dos casos excepcionales (la tradición de estudios boecianos hasta la Baja Edad Media y la recuperación de la teoría musical greco-latina a principios del Renacimiento), la teoría musical estaba completamente separada de la práctica. La tradición de estudiar viejas músicas dentro de un contexto histórico es mucho más reciente. En Inglaterra, un importante fenómeno fue la constitución de la Academy of Ancient Music de Londres en el siglo XVII, centrada en la interpretación de música de interés "antiguo". Como consecuencia paralela de esta iniciativa aparecieron las historias de la música de John Hawkins y Charles Burney de 1776. Burney documentó también los viajes musicales con brillantes descripciones de enorme calidad, demostrando la larga tradición británica (o por lo menos anglófona) que existía entre la música y la literatura. En Italia, los esfuerzos del Padre Martini se llevaron a cabo en el mismo período mediante una gran cantidad de escritos y en una conspicua colección de fuentes tanto teóricas como prácticas; su preciosa biblioteca se conserva al lado del Civico Museo Bibliografico Musicale di Bologna. La siguiente historia de la música de cierta relevancia fue la de August Wilhelm Ambros (1862), titular de una de las primeras cátedras de la historia de la música (e historia del arte) instituida en Praga en 1869. En 1784, Martin Gebert publica una colección pionera de tratados teóricos medievales que completó un siglo después Edmond Coussemaker (1864-76). El interés por recuperar la teoría precede al descubrimiento de las composiciones musicales verdaderas y propias, sobre todo las medievales. Las sociedades nacionales aparecían y desaparecían; la English Musical Association (más tarde la Royal Musical Association), se funda en 1874 con el objetivo de cultivar el arte y la ciencia de la música; por "ciencia" se entendía la acústica. Una sociedad internacional se constituye en 1889 y sufrió diversas modificaciones. En 1798 Rochlitz le da vida a la influyente "Allgemeine musikalische Zeitung" y la difusión de los periódicos musicales, constante durante el siglo XVIII, se desata de manera torrencial en el siglo XX.

Las biografías de compositores comenzaron a aparecer de manera sistemática en el siglo XVIII. Una de las primeras fue la que Johann Nikolaus Forkel realizó de Bach en 1802, seguida de las biografías de Palestrina hechas por Giuseppe Baini (1828) y por Carl von Winterfeld (1832). François-Joseph Fétis publicó más tarde su monumental Biographie universelle des musiciens [1833-1844]; pero para la música no ha existido otro escrito como el Vite de Vasari. Los diccionarios de términos musicales aparecen ya en tiempos de Tinctoris (cuyo Diffinitorium se redactó antes del 1476 y se publicó en 1495); varios libros de consulta se sucedieron a finales del siglo XVIII en adelante.

La enorme cantidad de saber musical está representada por la producción de catálogos y bibliografías. La primera edición del catálogo mozartiano de Ludwig von Köchel (1862) estaba destinada a convertirse en el modelo de los posteriores catálogos de obras. Además, se procede a la catalogación del patrimonio musical de las bibliotecas y se realizan recopilaciones desconocidas hasta el momento, adquiriendo de esta forma conocimiento acerca la localización de manuscritos. Las iniciativas pioneras más destacables en este ámbito fueron la monumental Quellenlexikon de Eitner (1900-904) y el Repertorium de Ludwig (1910). Esta labor continúa hoy en día con diversas series, fruto de compilaciones colectivas, en el Répertoire international des sources musicales (RISM) y últimamente con un gran número de catálogos on-line y de fuentes colgadas en la red. Algunos países han tardado en hacer justicia a su propio patrimonio. Por ejemplo, en Italia, pese al trabajo pionero del Padre Martini en el siglo XVII, la musicología plenamente organizada ha tardado un tiempo en asentarse, en parte precisamente por la ingente riqueza de sus bienes musicales y archivísticos. Los trabajos italianos de considerable cantidad y elevado nivel se han venido publicando en los últimos años, hasta el punto que Italia se encuentra hoy entre los países más fecundos en la investigación musical y tiene una activa producción musicológica. La música requiere un conocimiento especializado; a menudo los catalogadores generales no han prestado un buen servicio a los bienes musicales de las grandes bibliotecas.

Otra actividad musicológica fundamental es la producción de ediciones críticas. Las ediciones completas de grandes compositores (como la de Händel, realizada en 1787 y después en 1843; la de Mozart, en 1798 y en 1877; la de Bach a partir de 1851; la de Palestrina de 1862; la de Schütz en 1885) han conocido un rápido crecimiento a partir del siglo XIX. Los principios de heurística de las fuentes (Quellenforschung) y de técnica ecdótica se han tomado prestados del modelo consolidado de la filología clásica, campo en el que muchos musicólogos alemanes se habían formado. Los primeros trabajos sobre la música italiana (las primeras dos "viejas" ediciones de Palestrina, el catálogo de las fuentes italianas de música vocal profana realizado por Emil Vogel, la edición del códice Squarcialupi del siglo XIV realizada por Johannes Wolf) fueron llevadas a cabo por eruditos alemanes y austriacos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Las ediciones de música medieval y del Renacimiento han constituido una piedra angular de las iniciativas musicológicas en el transcurso de casi todo el siglo XIX, particularmente después de la segunda guerra mundial, gracias al fuerte impulso del American Institute of Musicology de Armen Carepetyan. A mediados del siglo XIX, la actividad principal era la publicación de repertorios que aún no se hubiesen editado; la búsqueda de archivo constituía una enorme importancia también. En el momento en que la música tiene una naturaleza efímera y sus huellas escritas son esporádicas e incompletas, la reconstrucción del contexto musical es esencial para dar un sentido a los documentos musicales que han llegado hasta nosotros, para averiguar modelos de patronazgo, mecanismos sociales y requisitos de ejecución. Estas iniciativas (historia general, bibliografía, biografía, teoría musical y ediciones de textos musicales, contexto institucional y social) constituyen una preocupación central de la musicología del siglo XIX y nunca podrán ser suplantadas por otro tipo de indagaciones, que dependen en última instancia de testimonios primarios, que requieren una constante revisión y renovación.

Fue durante el desarrollo de la actividad biográfica, catalográfica y editorial de finales del siglo XIX cuando el nuevo campo de la musicología comenzó a ser reconocido de facto como una disciplina académica independiente. Guido Adler, durante su etapa como docente en Viena [1885], expone un ambicioso programa para dicho ámbito de estudio, englobando las principales subdivisiones de la musicología histórica y sistemática. El término Musikwissenschaft aparece a principios del siglo XIX y se impone junto con el de Musikforschung después de 1860. Para Adler, Musikologie representaba una subdivisión equivalente a aquello que hoy llamaríamos etnomusicología, mientras que en los EE. UU. el término se usa como un equivalente tanto de Wissenschaft ("ciencia") como de Geschichte ("historia"). Adler también engloba dentro de los principios de la Musikwissenschaft histórica y sistemática determinadas disciplinas auxiliares:

1) Musikwissenschaft histórica: historia general, paleografía, cronología, bibliografía diplomático-descriptiva, biblioteconomía e archivística, historia de la literatura y lingüística, liturgia, historia de la danza, biografía, estadísticas de las instituciones, asociaciones y ejecuciones musicales;

2) Musikwissenschaft sistemática: acústica y matemáticas, fisiología del oído, psicología, lógica, gramática, métrica, poética, pedagogía, estética, etc.

Hasta hace pocos años, gran parte de la labor musicológica se ha desarrollado en el ámbito histórico, entendido en un sentido amplio, y por esta razón se podría hablar tanto de "historia de la música" como de "musicología". Pero el siglo XX ha sido testigo de una inmensa expansión de las áreas exploradas por la musicología y no sólo desde un punto de vista exclusivamente histórico. La clasificación de Adler representa un resumen de los distintos intereses que han caracterizado a distintos períodos y diferentes países en lo que se refiere a los programas y subdivisiones de la materia. Si bien es cierto que gran parte de la actual labor puede entrar todavía en estas categorías, hoy en día algunas de las áreas definidas por Adler se han dejado de lado un poco (y tal vez se han dejado a otras disciplinas como la física, la acústica, las matemáticas, la filosofía y otras especialidades emancipadas de la musicología histórica, como la organología), y otras áreas que son actualmente objeto de interés no habrían superado su aprobación, sobre todo porque tratan ámbitos y tendencias sociales e intelectuales que no se conocían en su tiempo.

La definición de cualquiera que sea la actividad y las prioridades de los musicólogos ha cambiado y continuará cambiando sin duda alguna de generación en generación. En el siglo XIX, el examen de las filigranas con el objetivo de establecer una fecha ya lo venía utilizando Philipp Spitta con Bach, así como Gustav Nottebohm utilizaba los cuadernos de apuntes para establecer la génesis compositiva de las obras de Beethoven. Esta y otras técnicas codicológicas y paleográficas y su utilización para establecer fechas, cronologías y procesos compositivos se han seguido desarrollando y mejorando en épocas posteriores, y se han visto apoyadas por los progresos técnicos en fotografía y análisis digital. La etnomusicología ha visto ampliadas sus fronteras, sobre todo gracias a los progresos en antropología y en los numerosos campos relacionados con ella, que ofrecen áreas de fecunda intersección, y grandes perspectivas en potencia. La apertura de regiones del mundo que eran antes inaccesibles a los estudiosos occidentales, en particular China y la ex Unión Soviética, se debe ahora asimilar desde el punto de vista de las músicas indígenas y del modo de estudiarlas.

La idea de que toda musicología es, en un principio, comparada y ligada a la etnomusicología debe encontrar ahora su sitio dentro de los estudios de las tradiciones europeas occidentales. Es en los campos más recientes, como la sociología de la música popular, donde tales métodos han sido explorados con mayor fruto. En origen, la categoría de la musicología sistemática se había desarrollado relativamente poco en los EE. UU., pero hoy se trabaja mucho la teoría cognitiva de la música, la psicología, la hermenéutica, la semiología y campos correlativos. Los horizontes de la musicología sistemática se han visto notablemente ampliados gracias al desarrollo de disciplinas nacidas en el siglo XX, como el psicoanálisis o la lingüística, por no hablar de los enormes desarrollos tecnológicos en acústica, en la grabación del sonido y en la tecnología informática.

3. La musicología como disciplina universitaria
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Sólo de forma gradual la Musikwissenschaft ha conseguido ganarse el título de disciplina universitaria y, como todas las disciplinas jóvenes, ha tenido que demostrar que merece estar a la altura de semejante estatus, en un primer momento subrayando la naturaleza rigurosamente científica de sus indagaciones. La primera mitad del siglo XX ha visto una conspicua multiplicación de sus argumentos admitidos por el estudio sistemático en las universidades europeas. Forkel ocupaba una cátedra universitaria de música en Göttigen ya en 1779, pero uno de los primeros profesores fijos (en la historia de la música y la estética) fue Eduard Hanslick en Viena, a partir del 1870. Hanslick había estudiado derecho, pero a lo largo de toda su vida había desarrollado una activa carrera como crítico y como divulgador del conocimiento musical. Muchas universidades alemanas establecieron cátedras de musicología en la primera mitad del siglo XX. En efecto, en los primeros cincuenta años de su existencia la disciplina estuvo dominada por los eruditos alemanes y en la segunda mitad por los americanos. En los años treinta la musicología americana institucionalizada daba sus primeros pasos ofreciendo algunos cursos de doctorado, pero tomó las riendas en 1934 con la fundación de la American Musicological Society. Desde 1933, la musicología alemana fue usada por el Tercer Reich como poderoso instrumento al servicio de la nación y del Volk, y como estructura de apoyo a las tradiciones musicales alemanas [Potter 1998, "Musicología y nazismo"]. Como en todos los campos del saber, se produjo un éxodo de todos aquellos que no podían o no querían ocupar un cargo académico con las condiciones vigentes, y supuso un decisivo impulso para la joven disciplina en los EE. UU., que recibió una masiva transfusión de tradiciones y experiencias europeas gracias a la oleada de los inmigrantes, de la cual formaban parte algunos de los más eminentes padres fundadores de la musicología americana. Esta rama, que llevaba consigo una preparación sólida y completa enraizada en las mejores tradiciones intelectuales europeas, se injertó en la joven cultura musical americana, muchos de los cuales consideraron esencial transcurrir un período de estudio en Alemania, en la primera mitad del siglo XX. Fortalecida, la musicología americana relevó, a partir de la segunda mitad del siglo XX, aquella hegemonía que en los cincuenta años anteriores había pertenecido a la cultura alemana, ahora en clara decadencia. Siempre en el último decenio de la anteguerra se habían concedido los primeros doctorados americanos en musicología (el primero de todos fue el que consiguió J. Murray Barbour en 1932 en la Cornell University por una tesis sobre un argumento científico sobre la historia del temperamento igual). Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX se puede decir que muchos musicólogos habían estudiado música (o musicología) en la universidad. Muchos especialistas procedían de otros campos de estudio, sobre todo de la filología clásica y de la filosofía. En los países anglófonos la materia universitaria enseñada durante los cursos de licenciatura inferiores, generalmente denominada "música", incluía la competencia escrita (armonía, contrapunto y composición) y a menudo también capacidad interpretativa. El nivel de las habilidades musicales consideradas esenciales en la formación de musicólogos sigue siendo bastante variable en los distintos países europeos, y está parcialmente a la merced de los distintos sistemas universitarios, cuyas diferencias en los planes de estudio y en los itinerarios son muchas.

Hoy en día se espera a menudo que los doctorandos (por lo menos en los EE. UU.) elijan especializarse desde el mismo inicio de su formación en musicología histórica, en teoría o etnomusicología, y también en el ámbito de la historia musical se espera que los doctorandos emprendan una última especialización. Un importante cambio ha afectado a la última generación: cuando se ha desmembrado el principio por el cual para acceder al doctorado todos los estudiantes debían enfrentarse a un examen general. Estos exámenes constituían el rito del paso para una generación entera de doctorandos americanos, y ofrecían la misma formación a los compositores. Como ocurre en otras disciplinas institucionales, considerando el tiempo que es necesario y la especialización que se exige, ya no es posible que un único estudiante controle toda la mole bibliográfica en continuo aumento, ni todas las capacidades exigidas para trabajar en diferentes áreas especializadas. Un incremento masivo de nuevas especializaciones y una gran explosión de revistas y publicaciones monográficas ha hecho imposible, si no imposible, el ideal de una unidad disciplinaria. A menudo se volvía obligatorio para todos los doctorandos el estudio de la notación medieval, en la medida que enseñaba una disciplina rigurosa y daba acceso a un nuevo reino del pensamiento musical. Si bien el objetivo sigue siendo válido, esta práctica ya ha desaparecido. Un musicólogo que ha completado sus estudios y ha conseguido el doctorado poseerá una preparación mayor y más sólida en un sector más restringido de toda la disciplina. En musicología, como en muchos otros campos, la época del profesional genérico está rápidamente establecida, salvo en el sector de la divulgación musical.

Como disciplina nueva, la musicología tenía tendencia a establecer niveles elevados de competencia musical o, por lo menos, a establecer distancias con respecto al estatus amateur de algunos de sus autores precedentes, cuya formación profesional se situaba en otras disciplinas. Las expectativas variaban según el país y el sistema universitario. En Italia, por ejemplo, los estudiantes pueden alcanzar una especialización en musicología bastante elevada pero sin necesidad de que eso se corresponda con la misma capacidad práctica. En Francia, la enseñanza de la musicología y la preparación práctica se reparten entre la universidad y el conservatoire. En Gran Bretaña una larga tradición de práctica musical en las universidades está asociada a la tradición del organista-maestro de capilla y a la composición, mucho más antigua que el estudio académico clasificable como musicología. En efecto, las primeras licenciaturas musicales documentadas a partir de finales del siglo XV en Oxford y Cambridge eran las de composición. Ahora que la música de tradición europea de los últimos tres siglos representa sólo uno de los muchos objetos de estudio cultivados por la musicología, las técnicas y las capacidades prácticas ligadas a ella no se pueden considerar requisitos previos fundamentales en la preparación común de cualquier musicólogo. Muchas nuevas especializaciones requieren otras competencias, no relacionadas con la preparación tradicional que se daba por descontado. Como una última aproximación a la universidad, la musicología puede aprovechar las enseñanzas historiográficas de otra manera; en cualquier modo, sus exigencias y sus ritmos internos son distintos y algunos de sus instrumentos y métodos se utilizan a propósito especialmente para la consecución de sus objetivos. La relación entre la obra de arte musical y su huella escrita es mucho menos directa, si se nos permite decirlo, que aquella de la palabra escrita o el lienzo pintado y la "obra de arte en sí."

Las modas de los distintos sectores sufren el influjo variable de la importancia atribuida a las especializaciones científicas y técnicas en la formación del musicólogo. La organología y la iconografía conducen ahora a una existencia separada en cierto modo de la musicología corriente, como también la acústica y la conspicua literatura técnica nacida con la aplicación de la informática en la composición y a varios géneros de análisis musical. Las competencias bibliográficas y lingüísticas conservan su importancia para algunos métodos de trabajo, pero no forman parte de la enseñanza impartida a todos los doctorandos. Un elevado control de las técnicas y de los lenguajes musicales europeos es crucial para algunos tipos de trabajo, pero menos para otros. La historia de la interpretación e incluso la de la escucha se han visto sometidas a objetos principales de estudio musicológico, y en efecto, hay un creciente interés por la historia de la interpretación y su recepción por parte del público, temas que exigen en cualquier caso una precisa capacidad práctico-interpretativa.

4. Musicología y sociedad.

La diversificación de los procesos formativos que emerge de la cada vez mayor especialización está estrechamente relacionada con el desmembramiento y redefinición de las normas. Durante gran parte del siglo XX han existido normas aceptadas en un repertorio común, un núcleo de experiencia musical compartido por la mayoría de los músicos profesionales. La ampliación de los horizontes hasta incluir la música antigua, la música de las culturas no occidentales, las músicas populares y de tradición oral ha erosionado una experiencia común de larga duración. Incluso después de la primera mitad del siglo XX, los compositores y musicólogos tenían la misma formación y se centraban técnicamente en la competencia común de un lenguaje musical compartido y a prescindir de la profundización que les habría llevado a su especialización. Ahora esto ya no es así. No sólo compositores, teóricos y musicólogos se dirigen primero a su especialización, sino que en el ámbito de la propia musicología histórica, la elección del campo es lo primero y se hace con carácter restringido. El primer desarrollo importante más allá de la norma tradicional ha sido, en efecto, el descubrimiento de la música anterior al siglo XVII, que ha coincidido con la primera profesionalización de la musicología y con la exploración sistemática de las músicas populares nacionales (como por ejemplo en Gran Bretaña y en Hungría). A finales del siglo XIX se han comprobado más tarde expansiones en masa que han interesado a la música mundial, a las músicas populares y a las músicas de tradición oral. Muchos estudiantes de musicología han tenido en cuenta algunas de estas nuevas áreas.

Como sucede también en otros campos del saber, los objetivos de la musicología en el curso de su breve historia siempre han estado determinados de alguna manera por factores culturales, políticos e ideológicos. Así parece suceder en los EE. UU. a finales del siglo XX, donde el estudio de la música europea (tenido muy en cuenta durante un tiempo), pasa ahora frecuentemente a un segundo plano con respecto a intereses más recientes para el Nuevo Mundo, basados, por un lado, en un amplio abanico de músicas autóctonas y populares, y por otro lado, en la percepción y en la introyección (culturalmente y subjetivamente determinante por parte de quien escucha) de aspectos de la música europea estudiados con anterioridad con objeto de contado prestigio social y estético. El estudio comparativo del ser humano como productor de música y de la música como artefacto cultural recupera la antigua visión de la música como objeto ya dado para ser estudiado in vitro y con instrumentos analíticos de cualquier género. Algunas de estas preocupaciones proponen una concienciación moderna, una serie de preguntas acerca de la diversidad de género o determinación sexual en la sociedad que las había ocultado, o que la construyen de un modo totalmente diferente. El canon de las obras maestras, en gran parte europeas y del siglo XIX, se ha puesto radicalmente en discusión y se ha reestructurado, como era inevitable después de un siglo en el que este repertorio tan extraordinario, hoy en día recuperado a través de conciertos, ha sido consignado de hecho al archivo de la historia.

A mediados del siglo XX, la política ha revolucionado la joven disciplina musicológica de un modo tal vez aún más dramático que en otros campos de estudio mejor consolidados. Las lecciones aprendidas por la instrumentalización ideológica de la música han estimulado en los musicólogos la conciencia de que la búsqueda no puede ser neutral, que la música no puede ser "un lujo inocente", como en su momento la definió Burney. Incluso la enciclopedia alemana MGG (Die Musik in Geschichte und Gegenwart), que debía erigirse como un monumento por los daños de la guerra, ha revelado los considerables límites de su proceso de purga. Si bien muchos elementos abiertamente racistas y nazistas se habían eliminado de los textos de los antiguos, seguían estando presentes en las bibliografías, mientras que diversos artistas destacados, inaceptables a los ojos del Tercer Reich, habían permanecido ausentes [Gerhard 2000; Potter 1998].

Desde este momento, la musicología ha conocido interpretaciones de corte marxista, deconstruccionista, feminista, estudios de género y estudios sobre la sexualidad, estructuralista y postmodernista. Además, ha proseguido en la antigua costumbre de adaptar y aplicar a los propios materiales importantes corrientes intelectuales procedentes de campos de estudio paralelos (en este caso la historia, la lingüística, la antropología, la filosofía, la psicología, el criticismo cultural y literario). A veces la línea que separa la disciplina científica y la propaganda es sutil sobre todo en las articulaciones socialmente más relevantes; esto se hace particularmente evidente durante las generaciones pasadas, bajo el estímulo del relativismo y de la nueva posición central atribuida al sujeto observador entre los criterios de una disciplina que por tradición se jactaba de ser objetiva. Las recientes crisis de los estudios humanísticos, especialmente en los EE. UU., han amenazado el carácter y la supervivencia misma de la búsqueda y de la disciplina a la cara de preocupaciones sociales contemporáneas y apelaciones al compromiso. Los lujos de la expansión son posibles gracias a la favorable coyuntura económica de los años sesenta que han cedido hoy el paso a vigorosos recortes a la financiación para la formación superior y para la investigación, colocando programas de capacitación e investigación para todo el mundo industrializado frente a decisiones difíciles.

Al menos después del segundo período de posguerra, con el aumento de las cátedras musicales universitarias, la mayor parte de los musicólogos se han visto vinculados a los ateneos, recibiendo un sueldo. Los estudiosos con ingresos privados o con tiempo libre para cultivar su pasión, que constituían la columna principal de la musicología del siglo XIX, son hoy en día una rareza. Las cargas crecientes resultantes de la reciente expansión de la educación superior dejan a los docentes universitarios menos tiempo para la búsqueda; la responsabilidad ligada al uso de fondos públicos (previstos en forma de sueldo o becas para la investigación) puede inhibir caminos a la investigación aventureros, arriesgados o no convencionales; actualmente se le da más importancia a la difusión a largo plazo y a la previsibilidad de los resultados. Pocos musicólogos pueden vivir únicamente de sus publicaciones. Quien lo consigue, como los críticos de música más autorizados, a menudo es reacio a considerarse musicólogo. Además de la publicación de trabajos de investigación, a los estudiantes de musicología les llegan a menudo solicitudes de consultoría y presentaciones radiofónicas y televisivas, contribuciones para la industria discográfica, para programas de salas de conciertos y otras formas de enseñanza y divulgación, así como clases a estudiantes o al público en general. Todos estos son preciosos canales de enlace y de influencia recíproca con el mundo de la práctica musical y con la difusión de la cultura a un público más amplio.

Este tipo de allanamiento ha adquirido particular importancia en la segunda mitad del siglo XX, en concomitancia con los años de la gran explosión de la industria discográfica. La fuerza del movimiento por una interpretación "históricamente documentada" ha presentado a un público mucho más vasto el fruto de una investigación musicológica aparentemente inteligente y ha subrayado la importancia y la relevancia de esta labor, ya sea para recuperar música antigua a la que le falta una tradición interpretativa directa, ya sea para justificar el reclamo de proporcionar interpretaciones históricamente correctas de música ya conocida, diferenciándolas de las tradicionales interpretaciones corrientes. Este movimiento se basaba en su mayor parte en la musicología aplicada; el testimonio del erudito se fortalece para dotar a interpretaciones y a grabaciones de un sello de aprobación comercialmente atractivo, para sugerir que la auténtica sonoridad concebida por Machaut, Bach o Beethoven se reconstruye por primera vez. El gran despegue del CD durante los años setenta y ochenta ha producido interpretaciones más "auténticas", o por lo más respaldadas, que han envejecido tan rápidamente como aquellas a las que pretendían reemplazar. Estos pretextos engañosos ya se han denunciado [Taruskin 1996]. Pero muchas hermosas colaboraciones han florecido entre eruditos e intérpretes y hoy un número consistente de intérpretes poseen, o al menos tienen en cuenta, una formación musicológica, lo que permite superar la sospecha e incluso la hostilidad de los intérpretes en el confronto de la erudición musical. Estas colaboraciones se han extendido más allá de la música antigua, hasta englobar ediciones críticas de obras teatrales y reconstrucciones de instrumentos en el ámbito del repertorio del siglo XIX, mientras que los intérpretes son ahora más conscientes de las ventajas y de las nuevas soluciones que les pueden aportar los eruditos.

5. Perplejidad y nuevas preguntas.
A intervalos cada vez más pequeños, la musicología americana se ha ido analizando a sí misma. Una investigación completa de Frank Harrison, Mantle Hood y Claude Palisca realizada en 1963 (Musicology, Prentice-Hall, Englewood Cliffs) recibió un primer torpedo lanzado por Joseph Kerman [1965] (A profile for american musicology, en Journal of the American Musicological Society). La verdadera tarea de la musicología, afirmaba él, era la crítica, la crítica "elevada", que en absoluto mencionaban en ese estudio. Su supremacía jerárquica fue afirmada a expensas de otros campos y métodos que estaban muy devaluados. Edward Lowinsky [1965] contraatacó con una enérgica respuesta a favor de una comunidad de especializaciones y actividad investigadora basada en componentes mutuamente solidarios, y afirmando la vitalidad de valores compartidos a fin de lograr un saber duradero. Sostenía además una pluralidad saludable y positivamente entendida de iniciativas científicas, que deberían prescindir que debería ser independiente de los dictados y prejuicios de cualquier erudito o ideología. Resulta irónico que fuera el precisamente el innovador de Kerman quien llamara la atención sobre las normas tradicionales en detrimento de la música más exótica o más antigua, y que precisamente un estudioso de corte bastante tradicional como Lowinsky evocase una metodología más integralmente humanística e interdisciplinar. La opinión de Lowinsky resultó ser la más constructiva al contribuir positivamente a la reciente evaluación de una investigación contextual y cultural.

En el año 1982 Palisca y otros eruditos publicaron una revisión adicional de la musicología y de sus ramificaciones; en el 1985 le tocó después a Joseph Kerman proporcionar el propio reconocimiento en su campo. Para mayor ironía del destino, su ensayo malicioso y autoritario se tituló Musicology en Inglaterra y Contemplating Music en EE. UU., dando lugar a una perplejidad sobre el porqué su contenido contemplara la musicología y no la música. Reprocha a los musicólogos por conocer sólo los hechos sobre la música, sin llegar a tratarlos como una experiencia estética. Enfrentarse a la música de una manera analítica o teórica, en lugar del modo que él llama "crítico", está a un nivel no demasiado alto en su escala de valores. Allí donde Guido Adler había abierto un inmenso arsenal con su definición del nuevo campo de la Musikwissenschaft [1885], un siglo después Kerman buscaba restringir y prohibir, e incluso invalidar, alguna de esas operaciones sin las que sería imposible proceder en el trabajo; es decir, la edición de textos, la compilación de catálogos de las obras y de listas de las fuentes, las biografías y los registros de archivo. En el otro extremo, dedicó poco espacio a proyectos técnicos fuera del alcance de un lector aficionado, así como a la música muy antigua o muy exótica (ya que no se ajustaban a su tipo de crítica). Con respecto a la norma tradicional, contra el cual los últimos años del siglo XX habían sido testigos de una notable reacción, la posición de Kerman es sorprendentemente conservadora. Pero allí donde la mayor parte de los programas musicológicos del siglo pasado se habían resuelto al abogar por un amplio alcance de investigación, Kerman y otros autores buscan ahora minimizar la importancia del trabajo de base, dando por descontado el contexto social, histórico y biográfico, así como los textos musicales consecuencia de todo ello. Prescripciones similares, endurecidas en los hábitos académicos, tienden a desequilibrar el número de eruditos distribuidos en una serie de campos y ponen en peligro la supervivencia de las especializaciones menores, sobre todo de aquellas que no se encuentran en perfecta sintonía con las temáticas sociales de la actualidad. Son necesarios muchos tipos diferentes de trabajos, en armonía con los talentos y las posibilidades de los investigadores, así como los recursos disponibles y las prioridades actualmente vigentes. Gran parte de los proyectos humanos, desde la cocina a la investigación científica, empeoran o mejoran dependiendo de la calidad de los ingredientes.

La actividad interdisciplinar se ha visto generalmente como un antídoto para la excesiva especialización, y como un medio para aumentar la comprensión del contexto en beneficio de un público más amplio. Las directrices interdisciplinares elegidas por Palisca incluyen teorías retóricas y psicológicas, la filología clásica, la historia, la archivística, la liturgia, la política, la sociología, la historia religiosa, intelectual y artística; Kerman, en su lugar, aboga por el estructuralismo y el post-estructuralismo, la antropología, el feminismo, la hermenéutica, la crítica de la ideología, la teoría de los géneros sexuales..., considera todos ellos como subproductos y elementos que contradicen las preocupaciones tradicionales, hasta el punto de que son capaces de abrir nuevas perspectivas en lugar de presentar resultados innovadores [Palisca y Kerman en Pozzi 1995]. Cada vez en mayor medida se están llevando a cabo investigaciones en todos los ámbitos en colaboración con eruditos de otras especialidades como la antropología, el arte y la literatura, como siempre ha sucedido en los estudios medievales, donde las necesidades y competencias de los musicólogos son paralelas y complementarias a las de los historiadores del arte y de la cultura, de los paleógrafos, de los archiveros y de toda una serie de especialistas.

Muchas de estas tendencias modernas, incluidas aquellas enumeradas por Kerman, se han reunido bajo la bandera de la New Musicology. Este conjunto de nuevas directrices ha respondido de forma magnífica al desafío de presentar el pensamiento musical a un público más amplio y privado de nociones técnicas. Los resultados planteados se añaden a los problemas existentes, sin llegar a suplantarlos del todo, como a menudo se ha llegado a insinuar. Pero también han aparecido confrontaciones: los estudios filológicos han sido devaluados y no se ha remarcado todavía lo suficiente, como sí ha hecho Kofi Agawu [1996], que la contribución de la nueva musicología (sobre todo en lo que se refiere al análisis musical) sigue siendo bastante exigua, y que la nueva musicología debe dedicarse a los problemas de las notas musicales, sin recurrir a palabras ni programas. Agawu considera estas nuevas tendencias como un fruto de una ideología, o de una serie de ideologías, que van desde el desprecio por la investigación y por las normas de veracidad tradicionales hasta la negligencia de los hechos, pasando por la atrofia de las competencias musicales tradicionales. La nueva vitalidad introducida por estos movimientos ha sido acogida de forma positiva por haber llevado mayor autoconciencia intelectual en el campo de estudio, por el estímulo y la expansión ya sea de los objetos de estudio musicológicos como de los modelos disciplinares y teóricos que lo permiten. Algunos de los adeptos a tales movimientos se han dejado llevar por ellos hasta el punto de dejar de lado los estudios precedentes, así como las metodologías y dominios de interés más tradicional, olvidando que esta misma curiosidad y la misma pasión que habían motivado la investigación musical.

Con la entrada del nuevo milenio, ¿quién nos puede decir hacia dónde se dirigirá la próxima fase de una musicología un tanto dilatada y cuál será su objetivo? La musicología europea contribuye a mantener ejercitada una gran variedad de campos, mientras que en América, algunos de esos campos están completamente asediados. Echando un ojo a las catástrofes de la "viticultura" en la Francia de finales del siglo XIX, podemos afirmar que las tradiciones científicas se han salvado y transformado gracias a su trasplante en América en los años 30, y que la mejor herencia de esta fecunda unión puede prosperar ahora de nuevo en Europa. La musicología bien establecida, en toda su diversidad y toda su vitalidad, puede permitirse también el sugerir innovaciones en otros campos, en lugar de seguir las huellas de otros campos como a menudo ha tenido que hacer en el siglo pasado.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Música y musicología

La música y la musicología son dos disciplinas separadas y, al mismo tiempo, interrelacionadas. La música, como actividad práctica, tiene su propia historia, pero la musicología, como un proceso de estudio, investigación y reflexión, depende claramente y recibe su influencia de la música.

La música tiene una larga historia, mientras que la musicología tiene, en comparación, una vida relativamente corta. Aun así, se puede decir que la musicología, definida ampliamente como la reflexión y el estudio de la música, ha estado presente en los actos de composición e interpretación musical. La música es una forma de arte que siempre ha invitado a la especulación teórica y a la reflexión crítica, y podemos suponer que los compositores, por poner un ejemplo, siempre han reflexionado sobre sus propios procesos creativos y que estos procesos se alimentan de alguna forma del estudio y la experiencia de música ya existente. Sin embargo, tales reflexiones e interacciones pueden quedarse cortas con respecto a una correcta concepción de la musicología, que podría entenderse al margen del proceso creativo con el fin de proveer de una perspectiva más clara sobre ese proceso, de su producto final en forma de una obra de música y, sólo como significante, de los contextos social y cultural en los cuales el proceso y el producto podrían ubicarse e interpretarse. Esta amplia concepción de la musicología contrasta con los objetivos más estrechos de los aspectos específicos de la actividad musicológica. Aunque los primeros estudiosos como Forkel y Fétis esbozaron programas que podrían considerarse como los antecedentes de la musicología, fue el musicólogo austriaco Guido Adler el que aportó la primera definición de musicología. En un artículo titulado "Umfang, Methode und Ziel der Musikwissenschaft" (El campo de estudio, el método y el objeto de la musicología), publicado en 1885 en el primer número del Vierteljahrsschrift für Musikwissenshaft (Adler, 1885; ver también Bujic 1988, 348-55), Adler esbozó una separación entre la dimensión histórica y la dimensión sistemática de la música, reflexionando con rigor sobre el término Musikwissenschaft (la ciencia de la música). Hizo lo mismo en su Methode der Musikgesichte, publicado en 1919. Para Adler, el campo histórico consistía en organizar la historia de la música en épocas, períodos y naciones. Por otro lado, el campo sistemático hacía referencia a las propiedades y características internas de la música como son la armonía y la tonalidad. Claramente, la gran actividad musicológica que vino después de Adler podría reflejar esta división, con el estudio de la historia de la música reflejando a menudo una categorización a gran escala (véase historiografía) y la construcción de un canon de la tradición musical clásica de la civilización occidental. Sin embargo, el campo sistemático anuncia el desarrollo del análisis musical y la aparición de teorías específicas sobre la armonía, la tonalidad y las formas (ver teoría). Sin embargo, lo realmente revelador del proyecto de Adler, en general, es su naturaleza casi científica, con impulsos de racionalización, positivistas (ver positivismo) y la búsqueda de la objetividad común a un determinado número de contextos musicológicos. Sin embargo, hay que reaccionar a la división de Adler: el estudio de la música lo constituyen un conjunto de distintas áreas, muchas de las cuales son significativamente distintas una de la otra, al mismo tiempo que también se complementan potencialmente. Estas diferencias están ampliamente extendidas en este libro a través de la inclusión de áreas como la etnomusicología (véase etnicidad), el jazz y los estudios sobre música popular, entendiendo actualmente la musicología como un término más amplio del estudio de la música que no establece diferencias y engloba 'todo el ámbito musical' (Middleton, 1990, 7); es un proyecto que se aleja de los modelos más tradicionales de la musicología, que han venido excluyendo estas músicas de su campo de estudio. No somos los primeros en reclamar esta desigualdad y parece que estamos obteniendo resultados tal y como se ve en el nuevo horizonte (¿u horizontes?) que está tomando la musicología.

Un posible relato histórico para la musicología podría sugerir que su origen se podría situar en las reflexiones de la naturaleza, el contenido y la función de la música en la Antigua Grecia y en las teorías de Platón y Aristóteles (ver Barker 1989). Más tarde, pero aún lejano en el tiempo, durante la Edad Media y el Renacimiento varios tratados y escritos sobre música llegaron a tomar forma. La Ilustración del siglo XVIII fue testigo del uso de la razón en el conocimiento y, como consecuencia, elevó la posición y estatus de la música dentro de los discursos intelectuales. La Ilustración también dio lugar a la aparición de una conciencia histórica que se desarrollaría posteriormente a lo largo del siglo XIX. El siglo XVIII también trajo consigo la investigación filosófica en el ámbito de la música en forma de la estética de la música. El historicismo y el esteticismo (ver estética) se convirtieron en los objetos principales del siglo XIX y definieron el Romanticismo de la época. El Romanticismo reflejaba la dimensión lingüística y literaria de la experiencia musical, que fueron acentuados y debilitados simultáneamente por el impacto del modernismo a principios del siglo XX, con la racionalización de la modernidad estipulando un contexto para el estudio sistemático de la música dentro del campo de la musicología.

El resumen ofrecido arriba del desarrollo histórico es convincente y preciso en cuanto a la cronología, pero también presenta una serie de problemas. Sugiere un desarrollo lineal, una progresión hacia delante y un desarrollo a través del tiempo, con cada fase conectada a la siguiente en un grado de admirable continuidad, conduciéndonos hacia la musicología de Adler y después al concepto de modernismo, sugiriendo una narración histórica que es fácil de deconstruir. En otras palabras, nos cuenta una historia que es tan sólo informativa, que está simplificada, ignorando de manera fehaciente los desviaderos; malinterpretando las rupturas y reemplazando el concepto de "diferencias" por el de "similitudes". Paradójicamente, ahora se está demandando una perspectiva más completa.  A la hora de abordar las condiciones de la musicología hasta sus conceptos clave, confiamos en poder suministrar al lector los puntos de vista para poder empezar y a partir de los cuales surgirá un pensamiento crítico con respecto a estas paradojas.

En este libro, hemos tenido en cuenta una amplia perspectiva, reflejando la diversidad de nuestras propias experiencias musicales e intereses que creemos que reflejan también la situación actual tanto de la música como de la musicología. De esta forma, para nosotros las referencias al jazz o los diferentes aspectos de la música popular forman parte de nuestros intereses a la hora de insertarlos dentro de la tradición de la música occidental. No vemos ninguna contradicción o conflicto en interesarnos por Beethoven, Birtwistle, Coltrane, Bill Frissell y Cornershop y relacionarlos con los escritos de Barthes, Derrida, Dahlhaus y Kerman. Si este libro mira, entonces, por una diversidad musical e intereses intelectuales, esperemos que también tenga una consistencia subyacente, tal y como queda definida por los conceptos actuales de inclusión. Muchos conceptos, como por ejemplo postestructuralismo o posmodernismo, que han sido incluidos recientemente en la musicología, poseen una relevancia y una importancia para entender algunos hechos musicales.

Por supuesto que surgen problemas a la hora de distinguir entre concepto y contexto. Podemos conceptualizar estilo, por ejemplo, como un conjunto de cuestiones que engloban el uso de este término en el discurso musical y discutir el uso del estilo como una materia y un parámetro de la investigación musicológica. Pero esto puede, en última instancia, constituir un ejercicio diferente a aquel que implica escribir una historia detallada sobre un estilo o período estilístico concreto (véase periodización), como los estilos Clásico y Barroco, un ejercicio que supone un contexto concreto. Sin embargo, el proceso de investigación puede requerir la aplicación de varios conceptos diferentes. Desde esta perspectiva, nuestra selección de conceptos es el reflejo de una práctica segura, que no son otras que las palabras clave de la musicología. Estos conceptos se pueden concebir ahora como una parte fundadora de las herramientas de la musicología contemporánea.

La musicología ha experimentado grandes cambios desde los años 80 del siglo XX. A la hora de escribir este libro, fuimos muy conscientes del antes y el después de este momento, en el que hubo un cambio total en el discurso musicológico que se convirtió en un elemento recurrente. Intentamos evitar que esto se convierta en un modelo recurrente y, quizás, también intentamos evitar sobre-interpretar y exagerar la situación. Sin embargo, el hecho esencial es que la situación de la musicología hoy en día es muy diferente del aspecto que tenía en los años 60 y 70. También conviene reflexionar sobre el hecho de que estos cambios ocurren de manera paralela con la ampliación del repertorio musical que está en manos de la musicología. Pero, ¿qué fue antes? ¿Cuál es la línea divisoria? ¿Es real o imaginaria?

En 1980, el musicólogo americano Joseph Kerman publicó un artículo titulado "How We Got into Analysis, and How to Get Out" (Kerman 1994). Sin pretender una investigación sistemática de la musicología, creemos que este es uno de los textos que se citan con mayor asiduidad en este libro: aparece en relación con los conceptos como análisis, nueva musicología y postestructuralismo, entre otros, y es claramente una declaración polémica que ha disfrutado de una enorme cantidad de respuestas y reacciones. En 1985, Kerman publicó un libro titulado Contemplating Music en América y Musicology en Bretaña (Kerman 1985) donde esboza las divisiones de la musicología y critica lo que él considera como el formalismo y positivismo en la definición de la musicología. En el artículo, Kerman esboza los problemas del análisis, su naturaleza ideológica (véase ideología) y, como consecuencia, la relación entre análisis y organicismo como "una ideología fija" (Kerman 1994, 15). La crítica de Kerman es convincente, destacando las suposiciones a priori que el análisis musical puede realizar fácilmente con respecto a la unidad de una obra musical. Sin embargo, para algunos, esto también puede originar otros problemas. La petición de Kerman de un criticismo más 'humano' puede resultar más que imprecisa y su debate sobre 'Aus meinen Tränen spriessen' del ciclo de lieder Dichterliebe (1840) de Schumann podría ser el ejemplo de un tipo de descripción programática ante la que muchos musicólogos adoptan una actitud escéptica. Sin embargo, este artículo y el libro que le siguió han influido notoriamente y mucha de la literatura escrita a partir de las teorías de Kerman reconoce a menudo el poder de los argumentos del musicólogo, a quien muchos consideran como el fundador de una nueva musicología. Por lo tanto, ¿han originado las polémicas de Kerman la línea divisoria entre la vieja y la nueva musicología? Al referirse al libro Musicology de Kerman, Nicholas Cook y Mark Everist, en el prefacio a una colección de ensayos titulados Rethinking Music, sugieren que un 'antes de Kerman/ después de Kerman' podría ser un mito en el sentido de que 'si los mitos suceden, este ha sido uno de gran ayuda' (Cook y Everist, 1999, viii). Nosotros estamos de acuerdo con este enfoque. Para algunos, la musicología después de Kerman está marcada por un sentimiento de pérdida, una nostalgia por la musicología del pasado, mientras que, para otros, el actual estado de la disciplina es mejor que antes, precisamente por esa reflexión crítica inspirada por Kerman. También establece un punto de referencia, un momento en el que se puede evaluar un punto de partida.

Es posible, por lo tanto, que la musicología se haga más crítica y menos positivista, que se preocupe más por las interpretaciones y menos por los hechos (ver interpretación). También se ha hecho más interdisciplinar ya que os límites entre los diferentes tipos de música están desapareciendo  y la búsqueda de nuevos modelos críticos abre un camino más allá de los límites de la musicología tradicional. Algunos se resisten a esto (véase Williams 2004) pero, desde nuestro punto de vista, este es un buen momento para ser musicólogo debido al aparentemente infinito repertorio musical que queda por estudiar y el reto de desarrollar y extender nuestra visión y vocabulario proveyendo de infinitos estímulos y motivaciones para actuales y futuras investigaciones. Esperemos que este libro sea de ayuda.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La invención moderna de la música medieval

La siguiente entrada es una traducción de las primeras páginas del libro de Daniel Leech-Wilkinson The Modern Invention of Medieval Music (La interpretación moderna de la música medieval), un texto que invita a la reflexión sobre la interpretación (o más bien la reinterpretación) que hacen los eruditos sobre la música medieval, conociendo sólo restos fragmentados que han llegado hasta nosotros sin haber vivido el contexto en que se desarrollaron. Asimismo, esta reflexión se puede extrapolar a cualquier materia, especialmente la disciplina de la historia, en la que se tiene por costumbre interpretar los sucesos pasados con la mentalidad de hoy en día.

LA INVENCIÓN MODERNA DE LA MÚSICA MEDIEVAL
Un sketch del programa de humor de televisión Not only… but also, ambientada en un club nocturno de Londres, La Maison Sophistiquée, mostraba a Peter Cook interpretando a un aburrido presentador de la BBC, entrevistando a Dudley Moore, que interpretaba a un ficticio cantante y pianista de jazz llamado Bo Dudley. Moore comienza con una canción de su nuevo espectáculo, un boogie-woogie con la siguiente letra:

Momma's gotta bran' new bag, yeah.
We're gonna groove it the whole night long, Baby.
We're gonna work it out, Baby, hnnh.
We're gonna shake it tonight.
Stretch out, stretch out Baby.
I hear you talkin', I hear you talkin' now.
You turn me on, Baby.
You're burning up now, Baby.

(Nota del traductor: Para entender a dónde quiere llegar Daniel Leech-Wilkinson poniendo el ejemplo del sketch de este programa de televisión británico, tenemos que explicar que la canción tiene un alto contenido sexual: la palabra bag del primer verso hace referencia al órgano sexual femenino; la palabra groove también hace referencia a los órganos sexuales femeninos y, en este caso y por extensión, el verbo groove del segundo verso será una forma vulgar de referirse al acto sexual al igual que work out o shake. Lo mismo pasa con la expresión you turn me on, que significa "me pones cachondo", que Cook malinterpretará como "encender la luz". Más abajo podéis ver el vídeo del sketch, donde podréis comprobar cómo Cook reinterpreta de una forma inocente la letra subida de tono de Moore. Esta malinterpretación será la que dará pie a Leech-Wilkinson para escribir su texto.)


Tras la enérgica interpretación de Moore, Cook, que pone cara de no haber escuchado nunca dicha canción, le pide que explique, frase por frase, la jerga que aparece en la letra de la canción para que los espectadores ingleses la entiendan. Tras amplias deliberaciones, en las que cada interpretación va seguida por un discurso serio y académico de Cook, corroborado de forma entusiasta por Moore, Cook ofrece un resumen a modo de colofón final del sketch:

Bueno, resumiendo, se trata básicamente de un simple relato. La mamá ha salido a dar una vuelta por las alegres y animadas calles de Harlem. Ve una mochila totalmente nueva, una mochila de plástico alegremente llena de colores, y la compra. La lleva a casa, y se pasa toda la noche haciendo agujeros [grooving]  para su hijo [Groove literalmente significa hacer una ranura o un surco y es un trasunto del acto sexual]. Después descubre que lo ha hecho mal y en su frustración, se agita [shakes] durante toda la noche; intenta irse a dormir, pero los vecinos empiezan a hablar. Le pide a su hijo que encienda la luz, pero los fusibles saltan y la casa entera arde en llamas.



Cualquiera que haya leído un texto medieval reconocerá lo que está ocurriendo aquí, y por qué. Como muchas otras hipótesis académicas que reconstruyen fragmentos de evidencias para formar una historia, esta interpretación de la letra de la canción de Moore parece coherente y sostenible (o al menos lo sería si no dispusiésemos de otras formas de comprobarlo). Por supuesto, Cook no tiene ni la más remota idea de lo que está hablando, pero sabe que la misión de la BBC es educar y explicar, y, de esta forma, aplica lo que para él es el sentido común en este texto fragmentado y llega a una explicación perfectamente plausible, por lo menos en apariencia; aunque se trate de una explicación que refleja de forma imprecisa los personajes del relato. Nótese que Cook ofrece una interpretación y Moore simplemente está de acuerdo, sabiendo que el verdadero significado del texto no es lo suficientemente decente para que se divulgue por televisión (el programa finalizó en febrero de 1966, justo unos meses antes de que Kenneth Tynan, en un acto de atrocidad universal, rompiera la barrera de la BBC de decir palabrotas en antena: fue la primera persona en usar la palabra fuck [the four-letter-word] en la televisión británica.)

El sketch de Bo Dudley es, por supuesto, una simple analogía para ilustrar los propósitos de este libro, pero está bastante más cerca de la realidad de lo que pueda parecer en muchos aspectos. La gran diferencia es, probablemente, que los músicos medievales han desaparecido; no pueden corroborar, ni siquiera contradecir, nuestras despreocupadas malinterpretaciones de su obra. Pero, por una extraña razón, parece que esto no nos hace estar menos seguros de que nuestras interpretaciones de las evidencias sean las correctas. Al contrario, los musicólogos ofrecen sus propias explicaciones acerca de los patrones que ven de los fragmentos que han llegado hasta nuestros días y esperan convencer a sus lectores que los compositores medievales, los intérpretes y los expertos estarían de acuerdo con ellos. Pero, ¿por qué se afirma con tanta despreocupación cuando las posibilidades de equivocarse son tan altas? La razón más importante es, probablemente, porque resulta enormemente placentero intentar encontrar respuestas a preguntas sin respuesta; siempre resulta fascinante, es una batalla de ingenio entre la falta de pruebas y la ingenuidad propia. Proporciona un enorme placer reconstruir una historia que parece plausible a partir fragmentos de varias pruebas. Si cabe la posibilidad de que otras personas la encuentren plausible, la tomarán como punto de partida y elaborarán sobre esa historia varias hipótesis más plausibles todavía. La "mochila llena de agujeros" y los "fusibles rotos" se convierten así en la base para los estudios posteriores, conduciéndonos paso por paso hacia una comprensión más detallada del "hacer agujeros" [grooving] y de la "agitación" [shaking] en el Harlem del mediados del siglo XIX. Y de esta manera, los eruditos tienen la satisfacción de construir (o de recuperar, según parece) gradualmente una historia, y de sentir que cada uno está jugando un papel fundamental en ese proceso.

Se hace obvio, por tanto, que en este ejemplo todos los argumentos se basan en una falsa interpretación, ya que conocemos el contexto: el presentador que interpreta Cook puede ser un idiota, pero por lo menos la información que necesitaba para llegar a una correcta interpretación histórica de la canción de Moore se puede conseguir fácilmente en cualquier parte. Pero esto no es así en la música medieval. Ni siquiera conocemos lo suficientemente bien el contexto como para responder a una simple pregunta de forma definitiva. ¿Quién interpretaba los motetes del ars antiqua? ¿Qué tipos de voces y/o instrumentos se usaban? Tenemos que utilizar la poca información de la que disponemos para lograr una respuesta, pero no podemos saber si es la respuesta correcta: sólo podemos creérnosla o no. Pero, así como la ausencia de los músicos medievales capaces de darnos su punto de vista nos impide conocer la realidad, también nos pone en una posición de ventaja para proponernos respuestas a nosotros mismos. Podemos presentar a los músicos medievales de la manera que nosotros queramos, y sólo nos pueden contradecir aquellos colegas que crean que tienen una razón mejor para discutir sobre el tema. De forma inevitable, la libertad de la que disponemos para representar el mundo medieval nos facilita crear perspectivas sobre él que son útiles para nosotros. Necesitamos crear algo, porque si nos limitamos estrictamente nosotros mismos a las pruebas fehacientes, jamás seremos capaces de presentar una imagen coherente, ni siquiera una que sea de interés en el mundo entero, hasta el punto de que la música medieval nunca se escucharía. Pero en este transcurso inevitablemente vamos a empezar a inventar, y todo aquello que nos inventamos es un reflejo de nuestras propias creencias personales sobre la Edad Media, nuestras preferencias por un tipo particular de historias, nuestra experiencia personal y nuestros gustos. A menudo no resulta fácil descubrir exactamente dónde comienza esta inventiva, porque cada paso que da un erudito en forjar y asentar su punto de vista es un paso pequeño y, además, rellena los huecos de los puntos de vista que otros colegas ya han desarrollado. Si no fuera así, no se podría aceptar, y los eruditos nunca proponen puntos de vista que no tengan la oportunidad de aceptación: existen fuerzas de mercado que limitan lo que pueden proponer con rotundidad si quieren desarrollar algún tipo de carrera. Pero cuando se añaden todos esos pequeños pasos conjuntos, en un lapso razonable de tiempo, acaba fortaleciéndose un punto de vista de la materia, haciéndose más preciso y detallado, hasta el punto de que se hace posible su confirmación mediante la pequeña cantidad de pruebas que han sobrevivido. Cada nuevo paso utiliza un testimonio de la Edad Media como base, pero la manera en que este testimonio se interpreta viene dada por la naturaleza de los puntos de vista que ya están aceptados. En cualquier caso, pues, la musicología es altamente conservadora, tanto a la hora de tirar por tierra de forma radical los nuevos puntos de vista en una materia, como a la hora de tirar por tierra los ya existentes. Pero en un largo espacio de tiempo es extremadamente creativo fortalecer imaginarios colectivos que parecen plausibles, pero que podrían ser completamente erróneos. Todo lo que podemos saber con seguridad es que estos imaginarios se han vuelto complejos e interesantes por sí mismos y nos han conducido a una maravillosa y rica tradición de interpretación musical.

Si consideramos los logros que ha conseguido la musicología a la hora de recuperar la música medieval, mi comparación con el sketch de Cook y Moore puede resultar un poco cruel, no cabe duda, pero no es más relevante de lo que cualquiera podría desear. Al contemplar el campo ampliamente se hace difícil pensar en un área en la que sea más probable ofrecer una correcta analogía que aquella que hemos propuesto en este libro: la interpretación de la música medieval como sonido. Casi todo lo que nos gustaría conocer sobre el sonido de la música medieval se ha perdido. Como no hemos vivido en la Edad Media y no hemos experimentado su cultura nunca vamos a ser capaces de entender todos esos fragmentos de pruebas realizados por los músicos medievales. Incluso los aspectos que reconocemos (como que la gente del medioevo escribía textos, cantaba e interpretaba instrumentos), no tiene una correspondencia real con el sonido; tan sólo podemos imaginarnos cómo era en base a la forma en que la gente canta e interpreta música alrededor del mundo hoy en día. Pero las formas de cantar y las formas de interpretar cambian demasiado rápido para nosotros como para averiguar, además, las formas del pasado.

Para hacernos una idea de la gravedad de la situación, hay que imaginarse por un momento qué harían los eruditos de dentro de 600 años si se encontraran una partitura de orquesta del siglo XX en la que no se indicara el nombre de los instrumentos, que no hubiera pruebas de cómo sonara la orquesta o, si ni siquiera hubiera una indicación de que fuera un partitura para orquesta. O para hacerlo más fácil, imagínense que tienen todo lo que se ha escrito del siglo XX, pero nada más: ni los instrumentos, ni las grabaciones..., tan sólo las palabras y las imágenes. ¿Cómo reconstruirían un violín, cómo aprenderían a tocarlo y cómo sonaría una vez que hubieran aprendido? No existiría la tradición oral, sólo una evolución de la práctica musical en el transcurso de los 600 años. En esas circunstancias, ¿cómo sonaría La mer? En esa situación nos hallamos nosotros, excepto que no tenemos la más remota idea de si se interpretaba con instrumentos o se cantaba.

Entonces, ¿qué es lo que ha venido haciendo la musicología a lo largo de sus dos siglos de existencia? ¿Cómo llegamos al punto en que la música medieval se convierte en una parte fundamental de nuestra vida cultural? Si son tan pocas las pruebas que han sobrevivido sobre cómo sonaba la música medieval, ¿de dónde procede todo este conocimiento de la práctica interpretativa? La única manera de entender dónde nos hallamos es ver cómo hemos llegado hasta aquí, y eso es lo que quiero intentar hacer ver en este libro. Mi plan es hacer un seguimiento de las investigaciones realizadas sobre la práctica interpretativa entre el siglo VIII hasta la actualidad, para ver cómo surgieron los distintos puntos de vista y cómo y por qué fueron cambiando. Reflexionaré sobre cuándo se encontraron los primeros indicios, quién los halló, qué se hicieron con ellos, cómo se relacionaron las interpretaciones con los puntos de vista musicales y culturales de sus contemporáneos y, también, cómo las interpretaciones reflejan los individuos que las crearon. Reflexionaré sobre la manera en que estas ideas se convierten en interpretaciones y en cómo evoluciona la práctica interpretativa a lo largo del tiempo.

Entender la música medieval a través del sonido no sólo tiene que ver con la práctica interpretativa, sino también con la manera en que entendemos el lenguaje musical, la manera en que las notas configuran una composición; de esta manera también quiero echar un vistazo a la aparición y desarrollo de ideas sobre cómo funciona la música, especialmente en lo referente a sus estructuras melódicas y armónicas. Intentaré persuadir a los lectores sobre el hecho de que estos dos tipos de investigación (la práctica interpretativa y el análisis musical), están estrechamente relacionados y se retroalimentan, por lo que se hace necesario entenderlos conjuntamente si queremos entender la configuración de nuestras creencias actuales. Inevitablemente, de aquí surgirán algunas conclusiones más sobre cómo funciona la musicología y, más concretamente, sobre cómo trabajan los musicólogos. Sugeriré que los descubrimientos y procedimientos en esta clase de investigaciones no son siempre lo que parecen, pero en realidad, son mucho más interesantes de lo que pueda parecer. En particular, sugeriré que el enfoque histórico en la música medieval no es tan histórico como parece, pero es mucho más interesante de lo que podría parecer si estuviera constreñido por los testimonios que han sobrevivido. Esto no quiere decir que haya que obviar el enfoque histórico en el estudio de la música del pasado. Puede parecer que la musicología histórica nunca es suficiente, pero es tremendamente productiva, aunque no tan productiva como pudiera ser si se abriesen sus límites; aun así, sigue siendo muy creativa e inspiradora. Y como muestra, tenemos las interpretaciones que se han hecho de la música medieval. Sin la concepción de que las cosas pueden conocerse sólo a través del análisis serio y concienzudo sería poco probable que los intérpretes se esforzaran tanto por recuperar la música. Pero lo que voy a sugerir es que intentar descubrir cómo se hacían 'entonces' las cosas no puede conducir más que a una mera aproximación y que otras personas también podrían llegar a otras conclusiones distintas.

En un libro con estas intenciones tan concretas, hubiese sido una tontería intentar abarcar todo el repertorio de la música medieval que ha llegado hasta nuestros días. Ya hay mucho sobre ello, y muchos de los puntos hechos sobre un determinado repertorio musical no serían más que una repetición de lo dicho por otros. Además, lo razonable es que uno escriba sobre lo que uno conoce mejor. En mi caso, lo que mejor conozco es la polifonía medieval, especialmente la música de los siglos XIII, XIV y XV de Francia e Italia. Los especialistas en otros campos decidirán cuánto de lo que digo es relevante para ellos. Incluso con esta restricción hay una enorme cantidad de investigadores a considerar y he intentado no pasar por alto los entresijos y rodeos en la historia para mantenerla artificialmente sin manipular. Como cada paso en la investigación se da en función de muchos otros pasos previos (especialmente los más recientes), cada detalle es esencial si queremos ser capaces de entender lo que se creía en cada tiempo y lugar. Sin embargo, es importante no dar la parte por el todo. Nunca será viable contar esta historia con verosimilitud, aun cuando los hechos históricos fuesen recientes y estuviesen bien documentados. Como es natural, otros estudiosos enfocarían la materia de forma distinta y escribirían un libro diferente, incluso partiendo de la misma base material. Algunos hubieran deseado que este fuera un correcto estudio sobre la historia de la musicología o un estudio histórico de la práctica interpretativa moderna de la música medieval; otros hubieran preferido un estudio social, psicológico o teórico-cultural. Aunque en algunos casos pueda contener estos elementos, he intentado rehuir de algo tan categórico: lo que quiero contemplar es la interacción de los distintos puntos de vista en este área específica de la musicología (la comprensión de la música medieval como música en sí misma), y lo que me resulta más interesante y característico es la complejidad de esas interacciones. Tampoco he abarcado los aspectos de la música medieval en la cultura moderna más allá del ámbito de la música clásica, de la música pop, del new-age, la publicidad, la música en el cine u otros. Algunos de ellos sí están contemplados, en cambio, en el libro escrito a la par a este otro por mi amiga y colega Annette Kreutziger-Herr. Juntos hemos trabajado sobre los mismos materiales esenciales de los estadios más tempranos de la música, pero hemos escrito libros radicalmente diferentes. Estoy encantado de que haya sido así, de hecho, esto demuestra que nuestro campo de investigación está completamente abierto, tal y como discutiré que debería estarlo al final de este libro.

Aún así, existe un planteamiento teórico en The Modern Invention of Medieval Music, se trata de aquel que surge  según va avanzando el libro y que se cristaliza gradualmente durante la escritura de los capítulos 1 al 3. En el momento en que reconstruí en mi propia cabeza la evolución de una moderna tradición de la interpretación y el análisis de la polifonía medieval, me encontré a mí mismo dirigiéndome inexorablemente hacia un punto de vista más escéptico que aquel con el que empecé; un punto de vista más escéptico no tanto por los argumentos sobre la interpretación medieval, sino por el que surge al replantearse la musicología histórica como método capaz de llegar a una verdad histórica. Al ver cómo una idea conduce a otra, al ver cómo las ideas interactúan con las inquietudes de otros períodos ha resultado imposible evitar ver también cuántas invenciones se han hecho y de qué manera se han ido consolidando firmemente por las preferencias y creencias de los eruditos. Por lo tanto, lo que aquí se ilustra es el argumento planteado por Hans-Georg Gadamer en Truth and Method y que ha sido desarrollado más ampliamente por otros estudiosos durante las décadas anteriores. Al mismo tiempo, me he encontrado con que esta interacción entre los materiales del pasado con los imaginarios colectivos de hoy en día son cada vez más aceptados, cada vez más legitimados como un camino para construir la historia. A mi entender, se trata de un planteamiento equivocado, se trata de una continua mentira (que, como sugeriré mas adelante, va más allá de la superficie retórica de la prudencia erudita), al aplicarse todas estas invenciones al mundo medieval. El que esto me haga un positivista radical o un consumado relativista depende del punto de vista del lector, pero en él se halla el punto de vista en que los dos aspectos se encuentran, y a este punto de vista me ha conducido este libro. De todas formas, se hace necesario sacar a relucir de todo esto una serie de ideas:

(1) Que la musicología histórica ha tenido una tendencia a reclamar demasiado de sus descubrimientos. Tal vez ya he dicho lo suficiente para explicar por qué creo esto. Mi respuesta a este hecho será el deber de recalcar la naturaleza hipotética y personal de los descubrimientos científicos siempre que estos se propongan. Se asumirá de forma tácita que los lectores sobreentienden que los descubrimientos no son verificables en última instancia, y a partir de esto se reclamará que cualquiera tiene que demostrar adecuadamente la exactitud histórica de una interpretación cuya exactitud histórica no se pueda probar de forma fehaciente.

(2) Que no existe una especial virtud ética en la recuperación fidedigna del pasado, en cuanto a historia de la música medieval se refiere. Esto no quiere decir que haya que valorar más esto que cualquier otro enfoque, simplemente quiere decir que la investigación para el conocimiento preciso del pasado muy lejano en el tiempo no tiene mayor valor que el valor de otros usos que se puedan hacer de los materiales que han llegado hasta nosotros. Para ser claros y justos, no extrapolo esto a la historia actual: la importancia de conocer exactamente lo que ocurrió y por qué disminuye con los eventos se va distanciando cada vez más. Las lecciones del genocidio nazi o de la limpieza étnica en los Balcanes o en Ruanda importa desesperadamente. Se han de aprender lecciones similares del pasado lejano; los orígenes se deben entender sólo si logramos descubrir lo suficiente de ellos. Pero el contexto de aquellos hechos lejanos, especialmente los referentes al mundo de la mente en los que tuvieron lugar, fue tan diferente del nuestro que sólo tienen una aplicación limitada a nuestra propia situación. En la medida en que existen lecciones fundamentales sobre el comportamiento humano, existen numerosos ejemplos recientes de los que aprender, y sus contextos serán más relevantes para nuestro mundo. Por lo tanto, una recuperación precisa del pasado lejano es un asunto de interés más que una obligación. De manera similar, sería fascinante saber qué pensaban los músicos medievales de su música y eso constituye en sí misma una buena razón que averiguar, pero no existe un imperativo ético que debamos obedecer por el cual debamos compartir el punto de vista de estos músicos medievales. De este modo, el objetivo de la musicología histórica tal y como se entiende actualmente (recuperar y experimentar el pasado tal y como era), no es menos importante que el objetivo de cualquier otro tipo de estudio musical, como por ejemplo la interpretación o la adaptación de la música medieval a los medios actuales. Hablaremos en profundidad sobre esto más adelante, especialmente en lo que respecta a la relación de los derechos de los individuos del presente y del pasado.

(3) Los trabajos sobre la música medieval se pueden hacer, por lo tanto, partiendo de un abanico infinito de puntos de vista y con una amplia gama de objetivos que merezcan la pena. Aquello que 'merece la pena' sólo se puede definir en relación a los intereses actuales. La evaluación de lo que es o no trascendente, o la importancia de la labor musicológica no se puede hacer en relación a la exactitud histórica, ya que la exactitud histórica no se puede determinar con la claridad suficiente, y porque una labor histórica correcta no es totalmente preferible. ¿Cómo se puede evaluar entonces la labor? Hasta ahora, como la labor dentro de la música medieval ha tenido un sólo objetivo, el de mostrar 'cómo fue', ha sido fácil evaluar su trascendencia. El lector puede preguntar: "¿y no podría haber sucedido de esta forma?", y la genialidad de la labor de investigación será proporcional a la convicción con la que se responda a esta pregunta con un 'sí'. Parece perfectamente razonable continuar aplicando este examen a la labor de investigación que tiene por objetivo ser histórica. Pero, ¿qué investigación no lo es? Este problema no se hace tan evidente con una labor no histórica sobre la música de períodos posteriores, por lo que es difícil ver por qué hay un problema aquí. La labor de investigación generalmente fijará sus propios criterios en el momento en que defina sus objetivos; en ese caso, parece razonable que el lector juzgue la labor en la medida en que cumpla con dichos objetivos. Parece perfectamente razonable también para el investigador fijar esos objetivos antes que exigírsele trabajar en los criterios fijados por las instituciones. Habría que entrar a fondo en la materia para determinar qué son objetivos que merezcan la pena y es labor del investigador persuadir a sus lectores que los suyos entran dentro de este saco. Parece razonable juzgar una labor de investigación por la capacidad que tiene de persuadir a sus lectores de que es un asunto importante. Esto conduce a un segundo criterio mucho más general, que no es otro que el que ese trabajo sea interesante y útil. Por 'interesante' me refiero a que debería atrapar al lector de forma placentera y enriquecedora, aportándole nuevas ideas que nunca se le hubieran ocurrido hasta ese momento, ideas que le alegra haber considerado; por 'útil' me refiero a que debería estar relacionado con las actuales preocupaciones de tal forma que se pueda trasladar a otras situaciones. Por ejemplo, un fragmento de un estudio podría llegar a conclusiones que se puedan ampliar o hacer que otras cuestiones se planteen desde una perspectiva nueva y potencialmente reveladora. No digo que cada estudio tenga que ser revolucionario, pero sí que debe encontrar la forma de estimular el interés o incentivar ideas en aquellos que lo leen.

(4) De todas las músicas de la civilización occidental, la música medieval (más que cualquier otra), debería estar abierta a la práctica de muchas clases de musicologías, y no existe ninguna razón de peso por la que no debieran co-existir o incluso mezclarse, siempre que un erudito sea capaz. Para los estudiantes de otros repertorios musicales, esto está a la orden del día. Para los especialistas en estudios culturales, mucho de lo que digo en el capítulo 4 (donde trataré estas cuestiones con más detalle), sabrán de sobra de qué estoy hablando, de hecho ya sabrán de qué va la historia, especialmente aquellos que trabajan en campos más actuales y para quienes los valores cubiertos y casuales se empiezan a exponer desde hace tan sólo un cuarto de siglo. Sería de gran ayuda, por lo tanto, decir unas pocas palabras sobre la relación entre mis argumentos y los estudios realizados sobre la música posterior desde un punto de vista posmoderno. He intentado evitar usar referencias a los clásicos del pensamiento posmoderno como una forma de respaldar mi trabajo, en parte porque hacerlo implica jugar al mismo juego del que hablo en el capítulo 4, citando nombres para demostrar el pensamiento ideológico de uno mismo (algo a lo que es muy difícil resistirse, he de decir), y en parte porque mi posición es ligeramente diferente a la de aquellas primeras figuras del posmodernismo musicológico.

Parece claro que no puede existir un conocimiento objetivo de la música ni a través de un enfoque analítico ni de uno histórico. La interpretación consciente de su posición cultural parece ser, por el momento (aunque esto podría cambiar), lo mejor que se puede esperar cuando intentamos entender la música, tanto en el presente como en el pasado. Pero así como quisiera ver suprimidos los privilegios especiales concedidos a los enfoques historicistas  por la musicología (hasta el punto de que no fueran más legítimos que los otros), no me gustaría ver esos enfoques desfavorecidos o abandonados. Puede que no merezca un estatus especial, pero el intento de descubrir lo que ocurrió y qué implicó en su tiempo es, en mi opinión, perfectamente legítimo y un objetivo totalmente válido. Es cierto que es imposible recuperar el pasado, de la misma manera que es imposible llegar a comprender a fondo qué podría significar la música para uno mismo o cualquier otro. Pero uno no se dedica a la musicología por lo que es o no posible: uno lo hace porque resulta fascinante. De esta manera, al contrario que Lawence Kramer, yo creo que existe un espacio en la musicología para una estrecha noción de conocimiento al que se puede contestar; y me gustaría ver testimonios del pasado sometidos a una dura epistemología; como reconozco que esto es un ideal que nunca se podrá realizar, sigo pensando que es una forma razonable de entender el material del pasado. Pero no creo que sea la única manera o la mejor que cualquier otra posible. Y este es un asunto en el que comparto los puntos de vista de muchos de mis colegas medievalistas. Otro de ellos podría ser la creencia en que un producto de la epistemología, por ejemplo una hipótesis sobre los hechos pasados (no puede ser una descripción precisa de lo que ocurrió tal y como sucedió en su momento), necesita que la reconozcan abiertamente los historiadores como nada más que una hipótesis moderna creada de acuerdo con la ideología de su autor. Los estudios históricos reclaman y siempre lo han hecho, tomar esto como una interpretación. Pero pronto se olvidan de esto con la emoción de elaborar una historia sobre el pasado que parece novedosa y coherente. Necesitamos amonestar constantemente el pensamiento posmodernista para recordar la naturaleza profundamente anti-histórica de cualquier cosa que podamos decir hoy en día que interprete los testimonios materiales que hemos conservado.

Sin embargo, una consecuencia de este argumento es que los testimonios materiales necesitan separarse más claramente de las interpretaciones que se forman en torno a ellos. Necesitamos aclarar qué es lo que realmente sabemos y separarlo rigurosamente de lo que creemos que significa. Y, en este sentido, mi punto de vista es estrictamente más positivista de lo que se respeta hoy en día. Necesitamos saber qué son los testimonios materiales que conservamos y, ya que la mayoría son documentos, qué textos contienen. Buscar y hacer accesibles esos materiales es, desde mi punto de vista, historicismo en su estado más puro. Si intentamos saber algo sobre qué pasó en el pasado, necesitamos todos los testimonios posibles que podamos conseguir. Cuando usamos estos testimonios no somos observadores imparciales; desde luego, en absoluto nos gustaría ser tan sólo observadores, sino que usamos los testimonios medievales descaradamente para construir algo nuevo. No tengo ningún problema con respecto a esto. Me opondría a que se hiciera cualquier cambio permanente o irreversible de los testimonios que conservamos, ya que alterarlos para siempre sería negar a los futuros historiadores el poco contacto y de incalculable valor con la Edad Media; pero en la medida en que la interpretación avanza, no encuentro problema en que se sobrepasen ciertos límites, salvo aquellos en los que se vean atentados los derechos humanos. Tal vez sea esta negociación entre el positivismo y la libertad de interpretación de los datos lo que encuadra mi proyecto, si es que algo lo hace, dentro de la corriente posmodernista.

Aunque uno los clasifique, tales puntos de vista van más allá de lo permisible en la actualidad. El medievalismo es tal vez el último bastión de la vieja musicología y todavía repele a los invasores con notable éxito. Al mismo tiempo, como hay tan pocos testimonios, presenta exactamente los mismos problemas a los que se tienen que enfrentar los eruditos de la música posterior, pero de forma más acentuada. Esto le convierte en un caso ideal si uno desea aprender algo sobre las necesidades y creencias de la musicología. Tal vez si la musicología crítica no hubiese sido seducida por los pretextos personales y abiertamente emocionales de la música del siglo XIX, con la que ha estado exasperadamente ocupada, podría haber abarcado antes la Edad Media. Ofrece una irresistible riqueza de ejemplos de revestimiento personal y emocional constituido de material informe y fragmentario. De forma similar, los medievalistas que interpretan los testimonios, y especialmente los testimonios musicales, tienen más posibilidades de encontrar en otros campos de la musicología nuevas maneras de pensar sobre lo que hacen. Debería existir la emocionante posibilidad de que las mentes pusieran en común sus conocimientos. Y aun así, el espacio que separa a los medievalistas tradicionales de los demás colegas en otros campos sigue siendo enorme, más que nunca, y es casi imposible para un erudito de una parte del abismo ver cómo andan las cosas al otro lado. Poner a ambos bandos a hablar al mismo tiempo puede ser una tarea ingrata. Pero la otra alternativa, la de ver cómo ambas comunidades científicas se van separando cada vez más y abriendo una brecha radical en nuestra sociedad (donde los estudios musicales cuentan con una posición extremadamente débil), no va en favor del interés de nadie. Los medievalistas necesitan entender y ser entendidos por los estudiantes de la música actual, y una perspectiva de lo que los estudios medievales han logrado y no han logrado sería un inicio perfecto.

Se les puede perdonar a los que no son unos expertos por pensar que la propia musicología se está destruyendo ella sola. Existen muchas pruebas que podrían atestiguarlo. Pero, en realidad, la situación no es tan demoledora. Estamos viviendo un momento en que se lanzan preguntas fundamentales sobre para qué sirve la musicología y qué debería hacer la musicología.

Mientras les preguntamos, no es factible (o al menos yo no creo que lo sea), escribir una historia 'verdadera' de la materia, porque no es posible saber cómo sería una historia 'verdadera'. En su lugar, lo que tenemos que hacer es viajar atrás en el tiempo unos pocos años y contemplar cómo se llegaron a las últimas historias verdaderas. ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Lo hemos hecho bien? ¿Se podría contar la historia de forma diferente? Esta no es tan sólo una pregunta académica, ya que afecta profundamente a todo lo que se creía sobre la materia. Cualquiera que esté interesado en la música medieval necesita saber si realmente le han contado cómo fue realmente o le han contado otra cosa. Esa 'otra cosa' no tiene por qué ser algo incorrecto, nada más lejos de la realidad; pero sería estupendo saber qué es en realidad.

Resultará obvio, a partir de todo lo que he dicho, que esto se trata de una opinión personal. Intentaré aclararlo. Uno de mis puntos de vista es que toda la musicología plantea un grado de implicación personal que se admite en algunas ocasiones: quien escribe determina lo que dice. Y en este caso se cumple. Soy, en gran medida, parte del mundo que estoy describiendo y, en ocasiones, que estoy criticando. Si decido permanecer al margen y tomar una perspectiva general, parecerá una ilusión: puede parecer en algunos aspectos una perspectiva general, pero se ve desde dentro, no desde encima o más allá. Bastante de lo que hablo, especialmente en el capítulo 2, lo escribo desde la experiencia personal, recurriendo a mi memoria sobre lo que ha ocurrido y por qué. Mis ideas sobre este tipo de música tomaron forma por primera vez durante los años en que la interpretación exclusivamente vocal se estaba convirtiendo en la ideal. La importancia de lo que se logró en esos años parecía especialmente grande ya que mi propio punto de vista y el nuevo enfoque se desarrollaron al mismo tiempo, como en un tándem, y es difícil separar ambos conceptos completamente. Esa experiencia es seguramente  responsable de una de las partes principales de este libro. La interpretación vocal parecía la acertada, o la más acertada de todos modos, y sonaba maravillosa. Pero esto no quiere decir que fuera la mejor o que siempre sonase bien. Los gustos y las creencias cambian constantemente y ahora puedo ver que lo que parecía cierto en su momento está muy lejos de serlo ahora. De este modo, lo que sigue a continuación de este texto son los restos de las preferencias profundamente arraigadas, aunque algunas de ellas ya no las intento justificar al revisar la historia. Pero tal vez los lectores podrán concederme eso. Después de todo, sin preferencias no habría nada particular que decir.