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domingo, 5 de septiembre de 2021

Traducción de «Harald» de Loewe

Texto en alemán (Ludwig Uhland, 1787-1862)

Vor seinem Heergefolge ritt
Der kühne Held Harald.
Sie zogen in des Mondes Schein
Durch einen wilden Wald.

Sie tragen manch erkämpfte Fahn,
Die hoch im Winde wallt,
Sie singen manches Siegeslied,
Das durch die Berge hallt.

Was rauschet, lauschet im Gebüsch?
Was wiegt sich auf dem Baum?
Was senket aus den Wolken sich
Was taucht aus Meeresschaum?

Was wirft mit Blumen um und um?
Was singt so wonniglich?
Was tanzet durch der Krieger Reihn,
Schwingt auf die Rosse sich?

Was kost so sanft und küßt so süß
Und hält so lind umfaßt?
Und nimmt das Schwert und zieht vom Roß
Und läßt nicht Ruh noch Rast?

Es ist der Elfen leichte Schar;
Hier hilft kein Widerstand.
Schon sind die Krieger all dahin,
Sind all im Feenland.

Nur er, der Beste, blieb zurück,
Der kühne Held Harald.
Er ist vom Wirbel bis zur Sohl
In harten Stahl geschnallt.

All seine Krieger sind entrückt,
Da liegen Schwert und Schild,
Die Rosse, ledig ihrer Herrn,
Sie gehn im Walde wild.

In großer Trauer ritt von dann
Der stolze Held Harald,
Er ritt allein im Mondenschein
Wohl durch den weiten Wald.

Vom Felsen rauscht es frisch und klar,
Er springt vom Rosse schnell,
Er schnallt vom Haupte sich den Helm
Und trinkt vom kühlen Quell.

Doch wie er kaum den Durst gestillt,
Versagt ihm Arm und Bein;
Er muß sich setzen auf den Fels,
Er nickt und schlummert ein.

Er schlummert auf demselben Stein
Schon manche hundert Jahr,
Das Haupt gesenket auf die Brust,
Mit grauem Bart und Haar.

Wann Blitze zucken, Donner rollt,
Wann Sturm erbraust im Wald,
Dann greift er träumend nach dem Schwert,
Der alte Held Harald.

Traducción

A la cabeza de su ejército cabalgaba
el valiente Harald.
Caminaban bajo la luz de la luna
a través de un indómito bosque.

Portaban muchas banderas conquistadas
que ondeaban al viento
y cantaban otras tantas canciones de victoria
que resonaban en las montañas.

¿Qué es ese ruido que asoma por entre los arbustos?
¿Qué se balancea entre los árboles?
¿Qué se abalanza desde las nubes
y emerge de la espuma del río?

¿Qué es eso que arroja flores aquí y allá?
¿Qué es eso que canta tan deliciosamente?
¿Qué es eso que baila entre las filas de los soldados
y se monta sobre sus caballos?

¿Qué balbucea tan liviano y besa tan dulce 
y da abrazos con tanta ternura,
y toma el acero y se aleja del caballo 
y no se queda quieto ni cesa ni descansa? 

Es la veloz cohorte de sílfides. 
Imposible resistir. 
Todos los guerreros han desaparecido,
Están todos en el país de las hadas. 

Solo él, el mejor, se quedó atrás,
el valiente Harald, 
sujeto de pies a cabeza 
con un acero impenetrable. 

Le han arrebatado todos sus guerreros: 
allí yacen sus espadas y escudos.
Los caballos, libres de sus amos, 
vagan por el indómito bosque. 

Así que en gran aflicción se fue 
el orgulloso y valiente Harald. 
Cabalgaba solo bajo la luz de la luna 
a través del vasto bosque. 

Un sonido fresco y claro se propaga desde la roca
y rápidamente lo hace saltar de su caballo. 
Libera su cabeza de su casco 
y bebe del manantial. 

Pero, apenas saciada su sed, 
siente que le fallan sus brazos y piernas.
Debe sentarse en la roca;
su cabeza cae y se queda dormido. 

Duerme sobre la misma piedra 
desde hace muchos siglos, 
con la cabeza inclinada sobre su pecho,
adornado con barba y cabello gris. 

Cuando el relámpago destella, cuando el trueno resuena, 
cuando la tormenta ruge en el bosque, 
entonces en su sueño agarra su espada, 
el viejo y valiente Harald.


miércoles, 20 de enero de 2021

«Vida de soltero en Iota» de Lee K. Abbott, hijo

Diez meses después de que ella se marchara (le contaba Reese a sus colegas), recibió esa carta. «Me he cambiado el nombre, ahora me llamo Ida». Su caligrafía sobrepasaba los límites del entendimiento humano. «Durante una temporada he sido Louise, he sido T. Mama y, en Cisco, he sido Velva.». Ahora estaba en total Armonía, era una Mujer Nueva, había dejado a un lado la Mediocridad y lo Ordinario por el Resplandor de la Perfección (las mayúsculas eran de ella). «He presenciado la Desesperación y la he catado», es lo que escribió ella. «También el Mal Humor. Además, gracias a mi nuevo chico, mi espíritu se ha elevado. Se llama Chuck, pero yo lo llamo King Daddy por su sonrisa y sus enormes músculos.».

Reese sintió que le clavaban un puñal de hierro en el corazón.

–Mierda –protestó–. ¿Por qué justo ahora? 

Cuando la conoció, era Billy Jean La Took, una chica complicada, con una piel tan suave que era imposible describir, alocada, salvaje y sin mayores aspiraciones en la vida, con un cuerpazo que quitaba el hipo.

–Me tiene loquito –le decía a sus colegas junto al pozo petrolero–, o sea, cuando se pone a besarme el cuello, pierdo la noción del tiempo. Es como morirse, sólo que me encanta.

Y después se largó. 

–Todavía no me lo puedo creer –dijo, tambaleándose mientras se dirigía a su caravana, al tiempo que pronunciaba su nombre. Se había llevado todas sus cosas con ella: el cepillo de dientes, su ropa…, incluso un par de plantas con una textura similar a la de la de carne humana, horrendas y espantosas, y que parecían traídas de Marte. 

–Era como despertarse dentro de una tumba –le confió a sus colegas al día siguiente–. Tendríais que haberme visto gritar. Era un espectáculo de lo más humillante, eso es lo que era. No había día que no me llevase un susto. 

El fin de semana pasó antes de que él encontrase la nota. Estaba en la nevera, pero todavía no había empezado a comer, simplemente estaba ahí sentado en ese oscuro salón, escuchando cómo las ligeras brisas arenosas rozaban la caravana y el polvo revoloteaba sin piedad, al tiempo que pensaba en duendecillos, en el hombre del saco, en todas aquellas horribles y tristes historias de hechos horrorosos. La televisión tampoco era de gran ayuda.

–Me echaré un trago –dijo; una forma de ahogar las penas que no iba a tardar en padecer.

La nota estaba apoyada contra un paquete de seis cervezas de la marca Buckhorn: «Reese, cariño –podía leerse en la nota–, siento haberme esfumado de esta manera tan canallesca, de verdad. Para cuando leas esto, ya me habré ido, habré desaparecido, como quien dice. Si me buscas, estaré en Goree. En Olney, quizá. Tenía que huir a Texas. No puedo desperdiciar mi talento, tengo sed de gloria. Nunca me has visto bailar. Además, he madurado bastante.»

Leyó la carta hasta el final a sus colegas. Respiraba un aura deprimente dirigida a un hombre estrecho de miras, insulso, timorato, holgazán y de mala muerte. Decía algo de la Fe y de las Tareas Compartidas y, cambiando con una facilidad vertiginosa de lo Difícil a lo Horrible, empezó a hablar con total franqueza de la Ciencia y de la Vida Moderna; el último párrafo era una maraña hiriente de pequeñas verdades. Reese estaba anodadado.

«Ya te escribiré en otro momento», esto estaba escrito deprisa y corriendo, «cuando regrese al mundo. De momento, piensa en mí como si fuera un grato recuerdo y algo agradable que conociste. Adiós.». 

Le habían partido el corazón a Reese y la cogorza que se cogió aquella noche era, más bien, propia de un hombre del Medievo. Se encontraba inmerso en sus pensamientos, también sentía compasión y lástima por sí mismo, y sentía que tenía el corazón en un puño.

–No me queda consuelo en este mundo –chilló–. ¡Estáis ante un hombre que sufre!

Se recorrió todos los bares de Iota –El Corral, Miss Lilly’s Silver Slipper, E’s Joint, etc.–, pasando de uno a otro gritando que le habían dejado y que qué iba a ser de él, con sus ojos bañados en lágrimas, reflejando su dolor y su aflicción, y la cola de su camisa agitándose de un lado a otro a sus espaldas. 

–¡Que alguien me pegue un tiro! –gritó–. ¡No quiero seguir viviendo en este asqueroso mundo! 

Nadie le hizo el favor, por supuesto, hasta que aterrizó en el kilómetro 39, a las afueras de Tatum. Pálido y en las últimas, empapado en un sudor nauseabundo, estaba completamente borracho y, mientras tanto, el mundo giraba inquieto, desagradable y sin un punto de apoyo. 

–Está usted ante un hombre[1] enclenque y lleno de dolor –le dijo al camarero–. Póngame una cerveza negra y una caña. Luego déjeme un hacha para que pueda cortarle la nariz. 

El tipo guardaba bajo la barra un bate de béisbol «Louisville Slugger», como el que usaba Al Kaline, para casos difíciles como el de Reese. 

–Conozco a tu mujer –declaró Reese, dirigiendo su atención a un par de vaqueros bien plantados que jugaban en la mesa de billar–. Es un perrito faldero. Conozco a los tipejos que le comen el coño. Tengo unos amigos que… –. Dando un golpe sobre la barra con su mano, manteniendo el equilibrio contra un taburete, estaba a punto de soltar un «¡Lo sé absolutamente todo!» con respecto a las magníficas y hediondas ideas de Traición y Pecado cuando uno de los tipejos le pegó un puñetazo. Reese cayó al suelo con una sonrisa y temblando.

–Voy a dejar de lado los problemas –le dijo a sus colegas en el trabajo al día siguiente; un chichón del tamaño de un tomate asomaba tras su oreja–. Voy a ser más sensato y trabajador. Voy a abrirme las puertas a un futuro más prometedor. 

Lo primero que hizo fue arreglar el aire acondicionado, se compró nuevos muebles, quitó la alfombra (de color dorado y con la textura similar a la del pelo de un gato), y se hizo con una cama de agua cómoda y calentita.

–Confío en que así pueda dormir a pierna suelta y como un bebé –dijo. Empezó a dar clases de guitarra–. La música calma los dolores del alma –le dijo a sus colegas. Aprendía con rapidez nuevas melodías.

You don't miss your water –canturreaba recordando una canción de William Bell–, till your well runs dry.

En el Junior College, se empeñó en asistir a clases privadas de esa disciplina iracunda y malsana que es el kung fu, y empezó a practicar esas posturas paranoicas de ese antiguo arte, combinadas con movimientos de la tripa y de los dedos de los pies, extraños y de origen desconocido, y palabras secas propias de la disciplina.

–¡Chop-chop! –se le escuchaba aullar, con el rostro fruncido y tembloroso, mientras concentraba pacientemente su objetivo sobre una tabla de madera–. ¡Mal y Error!

 Y partía la tabla en dos como si renunciase a su lado terrenal; su cara parecía estar diciendo: «Escuchadme todos, he conseguido domar mis pasiones y he alcanzado la promesa de una nueva vida; me han abandonado sin motivo; tengo veintiocho años, mis padres son unos vulgares mortales y trabajo por dinero en la industria petrolera; amigos míos, os encontráis ante un hombre despechado y confuso».

No tardó en salir de nuevo con mujeres.

 

La primera de ellas se presentó en su casa con un vestido excéntrico y de aire flamenco; su rostro luminoso y angelical le derretiría a cualquiera el corazón. Se llamaba Tucker. Tarvez Tucker.

–Reese –dijo–, soy una persona madura, mi signo es Leo y, por lo tanto, no hay manera de engañarme. Los lloriqueos no funcionan conmigo.

–Ni conmigo –respondió él–. Me gustan los regalos e ir cogidos de la mano.

–Me parece que te voy a gustar –dijo ella–. Por dentro también soy irresistible.

Fueron a un Rocket Drive In y, sentados en el asiento de atrás del Ford Fairlane de Tarvez, empezaron a enrollarse.

–Háblame, cielo –gemía ella–. ¡Dime que soy maravillosa! 

Se habían convertido en una maraña atlética de orejas, caderas y cuellos. El encuentro amoroso fue como los de hoy en día: alocado y discreto como una cadena de oro.

–Eres increíble –dijo Reese con decisión, lanzándose a por su cuello–. Me recuerdas a una perla.

Tarvez se había agachado sobre el estómago de Reese; su cara, inmaculada y única como el firmamento, le quitaba a uno el aliento.

–¿Tienes algo para colocarte? –dijo Tarvez–. Me gusta meterme cuando beso.

La siguiente fue Dorene, una estudiante de tecnología de la universidad de Texas que había venido a la ciudad por el verano. Su rostro era la viva imagen del idealismo, le gustaba hablar de Aventura y de la Ruina; a Reese se le salía el corazón del pecho con ella. 

–Defiendo valores como el Bien –declaró Reese– y el Aire Libre y la Amistad. No me conquistarás siendo mala persona.

–Mierda –dijo Dorene.

Al día siguiente, Reese recibió una carta que decía que Billy Jean La Took había regresado al mundo.

–Dios mío –gritó a los cuatro vientos. Estuvo dando vueltas en la cama, revolviéndose entre las sábanas; sus sueños, lúgubres y deprimentes, se convirtieron en un festival de lamentos y tristezas. Se levantó un rato, famélico y sin afeitar, para ver la televisión, pero la temática de los programas de ese día le resultaban demasiado familiares: Miedo y Decepción. Todo el mundo –ya fuera una vieja arpía, una chica coqueta, una dependienta de la tienda o un rica patrocinadora– le recordaba a Billy Jean La Took. En unas ocasiones, le venía a la mente su cuello largo, perfecto y sabroso; en otras, sus relucientes piernas. Algunas veces era alguna parte de su cuerpo –alguno de sus poros o alguna trenza de su pelo–; otras, alguno de sus gestos o alguna palabra de comprensión. La veía en las guapas y en las feas también. La ignorante, la pobre, la intransigente, la deportista, la sedentaria, la inocente... Era todas ellas. Era el amor pisoteado, la expectación, la recompensa y la satisfacción.

Agitado y sudando de fiebre, se pasó todo el domingo rebuscando en la caravana, al acecho de cualquier cosa –una horquilla, alguna chancla– que pudiera haberse olvidado llevar con ella. Casi podía olerla: era una mezcla a carne y aspirina, una mezcla a jabón y campo. Bajo el lavabo del baño, encontró un par de cabellos suyos. Eran tan castaños y hermosos que le dejaron sin habla, hasta el punto de quedarse petrificado y temblando frente al espejo, farfullando y sin ser capaz de articular ni una sola palabra más que unos jadeantes «Oh, oh, oh». En uno de los cajones, encontró un pintalabios. Era sombra de ojos y casi le dejó sin aliento.

El lunes, iba camino al trabajo, prácticamente ajeno al mundo que le rodeaba. Hablar con él era como hablarle a una pared.

–Chicos –empezó a decir–, me estoy dejando llevar por los recuerdos.

Era capaz de verla sentada frente a él en la mesa de la cocina, poniéndose laca en sus uñas limadas y bien cuidadas o leyendo alguna novela romántica. Su rostro, lleno de alegría, adquiría un tono adusto en cuanto leía sobre sus héroes protagonistas, de conducta indigna, pero también guapos.

–Reese –solía murmurar–, cuéntame otra vez tus andanzas de joven, cuéntame tus actos de vandalismo y tus pequeños delitos. 

Y Reese realizaba un viaje por el sendero de su juventud temeraria: desde los hurtos en las tiendas Woolworth hasta sus disparos para romper las farolas de las calles. Lo tocó todo: adolescencia, madurez, sus logros menores...

–Háblame también –continuó diciendo ella– sobre los castigos que te imponía tu padre y las broncas de tu madre.

Entonces una idea le vino a la cabeza.

–Iré a verla –dijo. Sacó la carta y miró la dirección: Deming, Nuevo México.

Aquella noche se sumió en un profundo sueño. Era una bonita y sencilla imagen la suya: tendido, inmóvil y roncando, con sus largos dedos clavados sobre su testarudo corazón, su rostro lleno de vida y congelado en un sano regocijo, como si hubiese sido tocado, bien por accidente o bien porque estaba destinado a ello, por una belleza salvaje y malvada.

Antes del amanecer, se lanzó a la carretera, salió corriendo para recorrer esos 322 kilómetros que hay entre un sitio y otro con una expresión de alegría abandonada. Se puso a cantar «Come back and try me again, Mama!», cantando todas las notas menos las más agudas y las que había que cantar en falsete; marcaba el ritmo en el volante –de color naranja, ondulado y majestuoso–, con el desierto iluminado por el sol al fondo y hablándole del Triunfo y la Virtud. Podía decirse que la Adversidad, la Curiosidad y la Confusión habían desaparecido y que se estaba bañando en el reino de lo Espléndido y la Alegría; llevaba puesto su sombrero de tres dólares apretujado alrededor de su cabeza y con los ojos llenos de energía y comprensión.

–Estoy contento y elevado por el conocimiento –le dijo al tipo que estaba llenándole el depósito en el área de descanso cerca de Mescalero. El tipo estaba abatido –taciturno, pensativo y con aire trágico–, la imagen perfecta del fracaso.

–Me llamo Meat –dijo–. Yo hace mucho tiempo que tiré la toalla. Ahora estoy interesado en el mesticismo.

–Arriba ese ánimo, hombre –le dijo Reese–. No bajes la guardia ni pierdas la paciencia. Créeme, conseguirás lo que necesitas.

Una vez que hubo salido de Alamogordo, Reese cogió dos paquetes de seis cervezas y, ciento treinta kilómetros más adelante, embriagado por el espíritu del alcohol, con los ojos desorbitados y totalmente derrotado, entabló una hosca conversación consigo mismo. De repente aparecieron la agitación, las dudas y la amenaza del fracaso. 

–¡Cielo santo! –se dijo para sus adentros–. No me vengas con discursitos y arengas–. Se había aferrado a un pensamiento, había esperado a un instante de frenesí–. Me quiere, estoy seguro.

Se puso a cantar el wang-wang blues y, conduciendo a trompicones ferozmente por la carretera, se enfrentó con la historia de su vida. 

–Billy Jean –gritó–, voy a traerte de vuelta.

Cerca de Las Cruces, con su vehículo dando trompicones y topetazos, con el motor chirriando, con su cabina convertida en un horno de polvo, calor y despropósitos, puso en práctica un poco de la filosofía más básica del «no tiene importancia».

–Hijo –le gritó a un coche de la marca Mercury con matrícula de Arizona según pasó por delante de él–, ¡nunca tendrían que haber puesto la idea del amor en la cabeza de un hombre!

Así que, para cuando aterrizó en Deming con su cara rebosante de esperanza estaba en un estado puro e indecoroso propio de la soledad, su corazón latía furiosamente, su cerebro lleno de pliegues, estaba bloqueado y con migrañas.

–Estoy en una cabina telefónica al otro lado de la calle –dijo– y tengo la sensación de que estás triste y enfadada. Sal de tu casa.

Ella apareció al momento y Reese se dirigió valientemente a la acera de Iron Street, con el pulso a cien por hora, y convencido de que, si Billy Jean se había marchado de su lado, había sido para fortalecer su relación, que lo había hecho porque le había entrado canguelo, que no podría vivir sin los esmerados cuidados que le procuraba Reese.

–Estás deprimida y no sabes qué hacer con tu vida –le dijo–. Mira: tus manos están temblando, estás nerviosa. Y celosa. Vives en la mansión del dolor.

–Estoy mejor que nunca –contestó ella–. Deberías verme la piel.

Le enseñó la tripa: era una tripa en forma y esbelta, Reese la recordaba bastante bien y, por un lapso de tiempo, sintió que perdía totalmente el juicio al verla.

–Te echo de menos –dijo él.

–Estoy en muy buena forma ahora –le respondió–. También me siento muy bien conmigo misma. Deberías hacer ejercicios de resistencia. King Daddy me recomienda una serie de trucos y ejercicios diarios.

–Me echas de menos –dijo él–. Puedo verlo. Lo noto en tu pelo.

Era una estupenda y complicada mata de pelo, era el resultado de los oportunos cuidados.

–¿Cómo está la caravana?

Reese se inventó una historia y le dijo que la había vendido a los muertos. Que se la había alquilado, dijo, a los espíritus harapientos de Hamlet y el Conde de Monte Cristo. Esos tipos también habían sido masacrados por el amor. 

–¿Por qué no vuelves conmigo?

–No puedo –le respondió–. No creo que a King Daddy le parezca bien. Me rompería los brazos. Además, le quiero.

–¿Podemos darnos un beso?

Le dijo que sí, y Reese se puso a dar bandazos por la calle, como un auténtico pusilánime, contento de alegría, por un lado; aterrado, por otro. 

–Mi vida sería superguay –dijo–, si no fuera porque tú no estás en ella.

Hubo un momento de extrema expectación.

–Sin lengua –le advirtió ella–. Y las manos donde pueda verlas.

No cabe ninguna duda de que ese beso fue para Reese como un fuego que recorrió todo su cuerpo. Ella permaneció tan fría, silenciosa e implacable como un glaciar.

–Es el momento de decirnos adiós, Reese.

–Ardo por dentro –gruñó.

–No –dijo ella. Le dio un consejo: No te vengas abajo. Sé franco. Evita las grasas y la sal. Sé tú mismo en todo momento. Nunca bebas solo. Mira el lado bueno de las cosas.

–King Daddy me dio esos consejos y ahora estoy estupenda y muy contenta. Adiós. [2]

Durante todo el trayecto de vuelta a Iota, siguió dándole vueltas al asunto en su cabeza. Sé guay, se dijo a sí mismo. Eres una criatura hermosa. Y alto. Tienes un enorme inventario de virtudes y pocos hábitos deleznables. Eres un trabajador ejemplar, pagas tus impuestos con puntualidad, y sabes comer con cubiertos. Lo único que te falta es la mujer que amas. Hacia Las Cruces, se sentía derrotado y con ganas de llorar, su camión había estado dando bandazos durante todo el trayecto. Se sentía sin fuerzas.

–Vale –se dijo a sí mismo–. Tengo que ser fuerte. Serán testigos de mi éxito.

 

No tardó en darse un cambio de imagen: nuevo corte de pelo, camisas ajustadas y pantalones nuevos.

–Soy un emporio de orgullo –le dijo a sus colegas–. Ahora leo libros sobre conceptos casi incomprensibles: sobre el espacio y esas cosas. Estoy aprendiendo a bailar también. Deberíais ver mi nueva forma de vida. 

Volvió a salir con Tarvez Tucker.

–Cosita mía –le dijo a Tarvez–, antes estaba en la más completa soledad y ahora quiero comerte enterita.

A la noche siguiente, llamó a Dorene, la estudiante de tecnología de Texas. 

–Estás hablando con un hombre completamente nuevo –dijo–. Asómate por la ventana.

–¿Por qué?

–Llego en cinco minutos. Podrás comprobar por el brillo de mi cara que es un asunto de negocios.

Pero pronto se sumergió en la más profunda oscuridad.

Todo le recordaba a Billy Jean La Took. En lugar de desaparecer o de esfumarse de su cabeza, se hizo cada vez más presente, la podía saborear con mayor frecuencia, la quería con mayor fervor religioso, su imagen se hacía más poderosa, más contorneada, más encantadora, más suave, más sustancial... Billy Jean era su corazón y sus arterias, era la razón que hacía que Reese aullara henchido de alegría. Era el tiempo de la noche, el atardecer de los amantes, el soplo de aire fresco y las relajantes corrientes de la lluvia. Fuese adonde fuese, Reese seguía viéndola: en el Safeway, la veía con sus pantalones color caqui cubriendo sus nalgas; en el A&W, escuchaba su voz rota y constante; en las ruedas de su camión, podía ver sus brazos dorados y frágiles. Y cuando se recostaba sobre su cama de agua, escuchando los sonidos de la noche, con el pasado cerniéndose sobre él como la espada de Damocles, segregando un sudor caliente y resbaladizo, a menudo se la imaginaba en el borde de sus recuerdos, dulce y cariñosa, y sin rival en todo el planeta.

–Dorene –dijo una noche–, no lo aguanto más. Soy una persona honrada en todos los aspectos. Soy educado y controlo mi carácter. Pero tú, cariño, no eres más que una cruel decepción para mi corazón.

Pasó otro mes más antes de que le dijera a sus colegas lo que había planeado.

–Iré a verla una vez más –dijo–. He estado dándole vueltas todo este tiempo. Sí, es cierto: se ha ido. Pero sigo sin estar del todo seguro.

Reese no escribió ninguna carta, no la llamó por teléfono, no hizo nada. Simplemente una mañana le dio un arrebato y, completamente decidido, arrancó su Chevrolet, subió las ventanas para concentrarse y pisó el acelerador a fondo con semejante fuerza, que el chasis no paraba de temblar, mientras el motor, haciendo toda clase de ruidos, lo llenaba todo de humo.

–¿Se acuerda de mí? –le dijo Reese al tipo de la gasolinera. Era Meat, el caballero amargado de la otra vez–. Me pasé por aquí hace unos meses. Hablamos sobre el conocimiento y la sabiduría. Mis pensamientos eran embriagadores.

            Meat frunció el ceño.

–Vale, olvide todas esas gilipolleces –seguía diciendo Reese–. Se encuentra usted ante un hombre en pésimas condiciones. Si no fuera porque tengo salud, estaría muerto.

En esta ocasión, Reese no compró cerveza en Alamogordo, se dio el piro, llevándoselo todo por delante y gritando por la ventana que su nombre era Reese Joe Newell y las palabras que mejor lo definían eran duro de mollera, pertinaz, peligroso, colocadísimo, colgado, espasmódico, despechado y con una pestaña de hermosura. Por no mencionar triste y bienintencionado.

–Estoy desesperado –le gritó a Fast Eddie Morris, el pinchadiscos de la radio. Dando bandazos, con los muelles del asiento haciendo «boing», dio un golpetazo en el salpicadero, haciendo que varios trozos de plástico saltasen por los aires; uno de ellos le dio en la mejilla.

–¡Pon música que le diga algo a los que tienen el corazón partido!

Llegó a Deming completamente enajenado, en un estado de agitación intensa y sin aliento, como si de un animal maltratado se tratara. 

–Recemos para que todos los semáforos estén en verde y haya poco tráfico –gimoteó, mientras su pecho bajaba y subía rápidamente. Dos veces tocó el claxon, atemorizando a los viandantes, antes de pegar un frenazo delante de la casa de Billy Jean La Took. Era de noche, y se asomó por la ventana de su casa. 

–Dios mío –gruñó, al tiempo que se apoyaba sobre el marco de la ventana.

Llevaba puesto un camisón deportivo que rebasaba los límites de la legalidad (tan transparente y adornado que Reese quiso morirse en ese mismo momento). Fue en ese instante cuando sintió que Billy Jean se estaba distanciando de él. De por vida. Le produjo un efecto rápido, trascendental y fugaz.

–¿Quién es esa mujer? –es lo que le apetecía decir–. ¿Es cierto que me quiso una vez? 

–¡Oye! –dijo ella cuando lo vio–, creí que te lo había dejado claro. Estás loco, Reese. 

–He venido hasta aquí para borrarte definitivamente de mi cabeza –dijo–. Quiero pasar a la siguiente fase de mi vida. 

Ella le dirigió una mirada adusta y sexy. 

–Podrías volver luego y hablar con King Daddy, te podría dar unos consejos a ti también. 

–Déjame entrar –dijo Reese–. Quiero ver tu salón. Y tu cocina también. Piensa que soy un invitado. 

–Ya has visto suficiente –. Se había puesto una bata y en el proceso había dejado ver sus hermosos y bien contorneados muslos. Apenas podía creerlo. Estaba tan lejos de él como él de sus antepasados los peces.

–Estoy consternada –seguía diciendo–. Me sacas de mis casillas, Reese.

–¿Alguna vez me has querido?

–Reese, no eres más que un error, cielo –. Nerviosa, empezó a dar vueltas por la habitación, ordenando sus objetos personales (ositos de peluche, adornos de cristal, incluso esas dos horribles plantas, que no tenía ningún reparo en tocar) y arreglando su cama.

–Sí, en un momento te quise –dijo–, pero ya no. Ahora, vuelve a casa.

Se vio a sí mismo como debía estar viéndolo ella: como alguien siniestro y fracasado, como alguien turbio y estúpido.

–Estoy en el mejor momento de mi vida –siguió diciendo–. Juego a los bolos, me tengo en muy buena estima, a mí y a mis vecinos, soy generosa y no vivo por encima de mis posibilidades. Mi amor pertenece a otro, cielo. Y ahora, sal de aquí pitando. King Daddy volverá en menos que canta un gallo.

–No te olvidaré jamás –dijo Reese, al tiempo que se alejaba de la ventana.

 

Durante todo el trayecto de vuelta a Iota, se encontraba en un estado de tranquilidad absoluta, en completo silencio y sumido en sus pensamientos, saludando con la mano a los conductores de camiones con total naturalidad, tarareando una melodía de su propia invención y, cada cinco kilómetros más o menos, llevándose las manos a la cabeza.

–Nunca sabes por dónde va a salir el amor –le dijo a Meat–. Para muchos es algo bonito–. Tenía una sonrisa de oreja a oreja que recordaba a la de un payaso–. Me dijo que me marchara –le contó a sus colegas al día siguiente–. De ahora en adelante voy a cumplir con una serie de promesas: pensaré mejor antes de actuar y no dejaré a medio acabar las cosas.

Por supuesto, era mentira, pero sus colegas lo apoyaron porque era importante para él, como el recuerdo de su primera pelea, así que salían con él de parranda hasta que un día, pasados tres meses, vio la luz al final del túnel y dijo: 

–Chicos, soy un idiota.



[1] En español en original.

[2] En español en el original.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

Traducción del prólogo de «Capriccio» de Richard Strauss

TEXTO ORIGINAL

“Man hat heute abend die Sänger sehr gut gehört und auch ab und zu Text verstanden...”, dies ist der Lob, auf das der herrschende Generalmusikdirektor stets besonders stolz ist. Und mit Recht –denn es ist immerhin schon ganz eine hübsche Etappe auf dem Wege zu einer halbwärts  erträglichen  Opernaufführung– auβer  dem  Erraten  der  richtigen Zeitmaβe ist es ja tatsächlich nicht leicht für den mitten im Orchester sitzenden Dirigenten, umgeben von 34 bis 64 Streichern, die er fortwährend dämpfen zu müssen glaubt, während die entfernter von ihm sitzenden Bläsern, sogar schon das Holz, den eigentlich Sängermord vollführen –den richtigen Ausgleich zwischen Bühne und “sinfonischer Begleitung” zu finden, wie ihn nicht nur Parkett und Logen, sondern auch die oberen Ränge zu fordern berechtigt sind.

Der  Schutzpatron  dieser  theoretischen  Komödie,  deren  erster  Anlass  der  Titel  eines vergessenen Opern-Librettos des Abbés de Casti: “Prima le parole, doppo la musica” war, der  groβe  Reformator  des  Kompositionsstils,  Gluck,  hatte  seiner  Alceste  ein  Vorwort gegeben,  das  ein  Jahrhundert lang  richtunggebend  war  für  eine  Entwicklung  des musikalischen   Dramas,   an   deren   Ende   mir   als   kleiner   Epilog   zur   Reform   des Aufführungsstils  der  Rat  einer  50jährigen  Dirigentenerfahrung  gestattet  sein  möge,  der den verehrten Pultkollegen, die sich der dankenswerten Mühe unterziehen, sich ernsthaft mit  dem  Studium  meiner  Opernpartituren  zu befassen,  gerade  für  dieses  Capriccio  von Nutzen  sein  dürfte. Bei  der  Gewissenhaftigkeit  des  musikalischen  Studiums,  deren  sich wohl  an  allen  Opernbühnen  Dirigenten,  Solorepetitoren  und  singende  Darsteller  in rühmenswerter Weise befleiβigen, dürfte der Rat nutzbringend sein, 
dass vor Beginn des Notenstudiums der Regisseur mehrere gründliche Leseproben mit besonderer Berücksichtigung  deutlichster  Konsonantenaussprache abhalten möge, die  allenfalls  vor den  letzten  Bühnenproben  (etwa 2-3 Tage  vor  der  Generalprobe)  zu  wiederholen  wären (ohne Noten!).


Ein  homophon  begleitendes  Orchester  ist  dem  Sänger  der  liebste  Gefährte [...] das Seccorezitativ (nur von Streichern und Cembaloakkorden unterbrochen) ist die primitivste
Kunstform [...]
sobald im Orchester auch nur eine Stimme dagegen singt, beginnt schon das Unglück! Bei Mozart sind Arien, Duette, Quartette nicht mehr rein lyrische Gefühlsergüsse, während die Handlung  völlig  stillsteht,  sondern  sie  sind  stark  von  dramatischem,  die  Handlung vorwärtstreibenden  Leben  erfüllt  und  schon  im  Figaro  und  Cosi  fan  tutte  finden  sich Orchesterkontrapunkte,  wo gegenüber liegenden   Holzbläsern,   hohen   Hörnern   und figuriertem  Streichquartett  in  bewegten  Zeitmaβen rasch  deklamierende  Singstimmen Mühe haben, das Wort bis zur 4. Galerie hinaufzubefördern.


Das ideale Verhältnis zwischen Singstimme und Orchester weisen Richard Wagners Werkeauf.   Verse,   aus   reinstem   Gold   der   deutschen   Sprache   geschmiedet,   mit   feinster Wortwurzelempfindung  deklamiert  und  zu  ausdrucksvollsten  Gesangsperioden  gestaltet,sind in meisterhaftem Wechsel von Rezitativ und Kantilenen, in schönstem Ebenmaβ der Melodie [...] 
aufgeführt und gestützt von einem in plastisch motivischer Arbeit und niemals überflüssiger   Polyphonie   erklärendem   und   erregenden   Orchester der   Inhalt   von tief sinnigen und erhebenden Werken, in denen eine richtige Abschätzung der Distanz von Bühne  und  Zuhörer  vorwaltet,  wie  sie  vorbildlich  nur  noch  in  Schillers  dramatischen Gedichten sich findet.

In  klarer  Erkenntnis,  dass  die  Vollendung  des  Wagnerischen  Gesamtkunstwerkes  ein einmaliges  Wunder  ist,  sei [...] an  die  Ratschläge  für  die  Aufführungen  meiner  eigenen dramatischen Arbeiten auf die Eigentümlichkeit ihres Stiles aufmerksam zu machen[...] Ich  weiβ wohl,  dass  mein  viel  in  hoher Lage spielendes  Orchester  der  Singstimme  mehr Schwierigkeiten bereitet als der dunkle Samtteppich des Wagnerischen Streichquintettes, dass  eine  über  dem  Sopran  selbstständig  musizierende  Flöte  schon  die  Verständlichkeitdes Textes behindern kann,-ich weiβwohl, dass die Klarlegung meiner stark verästelten Polyphonie einerseits und Diskretion derselben bei Begleitung des Sängers anderseits dem Dirigenten schwere Aufgaben stellt, um so mehr verlangt die von mir vorher angeratene Kontrolle der Beziehungen von Singstimme zu Orchester die peinlichste Sorgfalt!

Ich  kenne  Fälle,  wo  eine  konzertierende  Solovioline  (Arie  1.  Szene,  Daphne)  gegenüber einer “allzuviel Ton” gebenden Sängerin sich kaum behaupten kann, während umgekehrt etwas höher  liegende  Streicher  und  Holzbläser  selbst  im  pp  eine  in  der  Mittellage  sich bewegende Sopranstimme decken können! Wie oft muss von Takt zu Takt vom Dirigenten sowohl wie vom Sänger durch plötzliches Hervorheben oder Zurücktreten des einen oderanderen   Elementes   ein   Ausgleich   geschaffen   werden,   soll   das   dem   Komponistenvorschwebende    Tonbild    zur    richtigen    Erscheinung    gelangen,    d.h. die    in    dieverschiedensten   Gruppen   und   einzelne   Instrumente   verteilte   führende   Stimme   mit thematischen Teilen in der Gesangsstimme zu einer geschlossenen Melodie verschmolzen werden […] so wie der Komponist es sich vostellt [...]


Dies  gilt  mehr oder  minder  für  jede  Opernaufführung.  Die  Theater  haben  verschiedene Gröβen    und    Akustik.    Die    Singstimmen    sind    von    verschiedener    Qualität    und Durchschlagskraft. Die Orchester haben veschiedene Besetzungen [...] Die  Aufgabe  von  Dirigent  und  Regisseur,  ein solches  Textbuch  und  Partitur  in  die  der Absicht des Autors entsprechende Wirklichkeit umzusetzen, ist eine vielfältige [...] Noten-und  wortgetreue  Interpretation[...]sind “Bruder und Schwester wie Wort undTon!”

TRADUCCIÓN

«Esta noche se ha escuchado muy bien a los cantantes y también se ha entendido el texto», esta es la frase de alabanza con la que el imperante director musical general siempre se enorgullece particularmente. Y con razón: puesto que, al fin y al cabo, se trata de una bonita etapa en el tolerable camino hacia la representación de una ópera; además de mantener la medida, es reamente complicado para el director –sentado en medio de la orquesta y rodeado por de treinta y cuatro a sesenta y cuatro instrumentos de cuerda a los que continuamente piensa que tiene que pedir que toquen más bajo, mientras los vientos metales (lejos de donde él se sienta) y también los instrumentos de viento madera llevan a cabo un auténtico asesinato del cantante– encontrar el correcto equilibrio entre el escenario y el «acompañamiento sinfónico», no sólo para el público del patio de butacas, sino para el gallinero, que también tiene derecho a escuchar.

El santo patrono de esta teoría irrisoria, que se esboza por primera vez en el título de «Prima le parole, doppo [sic] la música»  –un olvidado libreto para una ópera de Abbés de Casti [se refiere a la ópera de Salieri «Prima la música, dopo le parole», con libreto de Giovanni Battista Casti]–, fue Gluck, el gran reformador del estilo compositivo, quien menciona en el prólogo de Alceste que desde hace un siglo era orientador para el desarrollo del drama musical y al final del cual, yo, a modo de breve epílogo sobre la reforma del estilo, aporto un consejo como director de orquesta con cincuenta años de experiencia que expresa su parecer a los venerados colegas de atril que se someten al esfuerzo digno de agradecimiento de ocuparse del serio estudio de las partituras de mis óperas y que puede serles de utilidad, especialmente para este Capriccio. Dado el estudio de la música que dedican todos los directores, los correpetidores y los intérpretes que cantan, de algún modo dignos de elogio, debería resultarles útil este consejo: que, antes del estudio de la partitura, el director de escena lleve a cabo cuidadosas pruebas de lectura en las que se dedique una especial atención a la pronunciación de las consonantes, como muy tarde, antes de los ensayos de la última etapa (aproximadamente entre el segundo y tercer día antes del ensayo general, ¡y sin partitura!).

Una orquesta con acompañamiento homofónico es la mejor de las compañeras del cantante (...) el recitativo secco (tan sólo interrumpido por las cuerdas y los acordes del clavicémbalo) es la forma más básica del drama cantado (...) en el momento en que haya un instrumento de la orquesta en contra de la voz, ¡enseguida comienzan los problemas! Con Mozart las arias, los dúos y los cuartetos ya no son un simple torrente de emociones líricas [que se vuelcan en el escenario] mientras la acción de la ópera se detiene por completo, sino que forman parte de la acción dramática, haciendo avanzar la argumento y, ya en Las bodas de Fígaro y en Così fan tutte, podemos encontrar el contrapunto de la orquesta, donde los instrumentos de viento madera –situados enfrente–, los instrumentos de viento metal más agudos y el cuarteto de cuerdas, que toca una serie de notas a un tempo vertiginoso, se lo ponen difícil a las voces de los cantantes (¿?).

El equilibrio idóneo entre la voz del cantante y la orquesta lo podemos encontrar en las obras de Richard Wagner. El texto, forjado [valiéndose] del puro tesoro de la lengua alemana, declama con sus más hondas raíces en el sentido de la palabra y presenta una línea de canto de lo más expresiva, y está a medio camino entre el recitativo y el canto, en perfecta armonía con la melodía (…) interpretada y sustentada por una labor plástica de los motivos y una polifonía esclarecedora nada redundante y una emocionante orquesta el contenido de obras imponentes y profundamente pensadas en las que un preciso cálculo de la distancia entre el escenario y el público, como sólo se puede encontrar en las obras de teatro de Schiller.

En claro conocimiento de la perfección de la obra de arte total de Wagner es una maravilla única, ¿? al consejo para la representación de mi propia obra dramática para llamar la atención sobre la peculiaridad de estilo (…). Sé muy bien que mi orquestación –que utiliza un registro muy brillante– se lo pone muy difícil a la voz del cantante al igual que los quintetos de cuerda wagnerianos de oscuro tapiz de terciopelo; que una única flauta que toca sobre la soprano puede llegar a dificultar la comprensión del texto; sé muy bien que mi polifonía descompuesta y profundamente ramificante, de un lado, y la reserva absoluta de la misma en el acompañamiento de los cantantes, de otro lado, pone al director en un difícil aprieto, ¡además exige un desagradable trabajo de control de la relación de la voz del cantante con la orquesta!

Conozco casos en los que un solo de violín de la orquesta (Aria 1. Escena, Dafne) apenas se puede defender ante una cantante de entregado «sonido atronador», ¡mientras que por el contrario algunos violinistas que tocan de manera casi imperceptible e incluso algunos instrumentistas de viento madera tocando pianísimo en un registro medio pueden llegar a tapar la conmovedora voz de una soprano! Cuán a menudo de compás a compás ¿¿??

Esto es válido, más o menos, para todas las representaciones de ópera. Los teatros tienen tamaños y acústicas diferentes. Las voces de los cantantes son de distinta calidad y eficacia. Las orquestas tienen un número variado de integrantes (…). La tarea del director musical y del director de escena de trasladar la realidad de la determinada intención del autor de un libro en concreto y de una partitura es una polifacética (...) ¡la partitura y la actuación son «hermano y hermana, al igual que la palabra lo es de la música»!